Diez Años de Arqueología y Restauración en la Pintada, Sonora

Importante sitio con ocupación hasta de 3 mil años, muestra arte rupestre plasmado a lo largo de un profundo cañón, en abrigos rocosos de difícil acceso.

Actualmente se prepara un programa de visitas controladas para seguridad del público y de los más 2,000 motivos pictóricos esparcidos por el cañón y sus inmediaciones.

A 25 metros de altura sobre el arroyo seco La Pintada, siete jóvenes: cuatro restauradores y tres voluntarios, pasan el día bajo un sol que calienta a más de 38 grados. Están parados en un andamio, junto a la entrada de un abrigo rocoso rebosante de motivos pictóricos de rica policromía. Aplican resanes y ribetes en fisuras y escamas de la gran roca toba que soporta el mural. Debajo del andamio, el despeñadero.

Es el sitio con pintura rupestre más importante de Sonora. Se llama igual que el arroyo: La Pintada. Ubicación: al centro-sur del estado, en sierra Libre. Es un cañón repleto de abrigos de difícil acceso donde fueron plasmados más de 2,000 motivos pictóricos, que si bien no se han datado directamente, algunos están asociados con la cultura Costa Central, cuyo mayor desarrollo se ubica entre el 700 y el 1,600 d.C. Este 2016 se cumple una década de investigación arqueológica y trabajos de conservación en el lugar, el de mayor reto para los restauradores de pintura rupestre en México.

Sandra Cruz, con una trayectoria de 15 años de intervenir pintura rupestre en diferentes sitios del país, principalmente el Norte y Occidente, es quien dirige el proyecto de conservación, parte del Programa de Conservación de Manifestaciones Gráfico-Rupestres que desarrolla el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) a través de la Coordinación Nacional de Conservación del Patrimonio Cultural (CNCPC).

Con el tiempo la restauradora ha aprendido a reconocer las diferentes problemáticas de conservación en este tipo de patrimonio, los distintos contextos medioambientales y niveles de deterioro. Afirma que la complejidad en la alteración de la roca y el difícil acceso al panel principal del sitio La Pintada, ha significado que este sea uno de los más grandes desafíos a los que se ha enfrentado.

El panel principal, denominado “Elemento G”, es justo el que recibe tratamientos de conservación en la actual temporada, la décima. Es el primordial porque tiene la mayor cantidad de pinturas y corresponden a todas las épocas que están presentes en el sitio, con temporalidades que van de la época prehispánica hasta el periodo de contacto con la cultura hispana.

Los restauradores utilizan instrumental médico, de dentista y de pintor como herramientas. Primero hidratan la roca y después aplican la pasta que permitirá reconstituir las redes de sílice que componen la roca para mantenerla firme, sin fisuras y sin peligro a exfoliaciones. Lo mismo se hace en el ribete de escamas: la cantidad colocada son miligramos pero la paciencia es de horas bajo el sol.

A simple vista parece un trabajo artesanal debido a la dedicación personal en cada superficie intervenida, centímetro por centímetro, pero en realidad se asemeja al de cirujano y lleva detrás una acuciosa investigación científica iniciada en 2007, cuando el INAH comenzó los proyectos arqueológico y de conservación.

La investigación se desarrolló durante las primeras tres temporadas. Permitió definir el método en que se iban a tratar los paneles afectados por el tiempo y la naturaleza: viento, lluvia, sol, explica Sandra Cruz. Se trabajó en dos líneas. Una con ayuda de la geología para entender las características del sitio: desde cómo se formó el cañón hasta los componentes y constitución de cada estrato pétreo, así como las diferentes incidencias ambientales. La segunda para desarrollar materiales y métodos de conservación específicos para cada una de las áreas con pintura, elaborados con materiales compatibles y de origen natural.

“Personalizamos cada uno de los elementos de acuerdo a lo que se requiere”, explica Sandra Cruz. Esto por el tipo de piedra sobre el que fueron plasmadas las pinturas: se identificaron cuatro variantes, cada uno con impactos diferentes. También influye el emplazamiento dentro del sitio: en la parte baja del cañón hay problemas de humedad, en las partes más altas incide más el viento, algunos paneles reciben sol directo, otros están a la sombra.

Sandra Cruz comenta que durante ese tiempo, paralelamente a la investigación se iba saneando el sitio y se limpiaban miles de rayones con los que las pinturas rupestres habían sido maltratadas por visitantes sin orientación. Se trabajaron elementos situados en la parte plana y los cerramientos del cañón donde están las áreas más accesibles, que eran las más grafiteadas y había mucha basura: se enfocaron a devolver dignidad al sitio. En una siguiente fase, ya con la investigación desarrollada, comenzaron a tratar los elementos con problemas de estabilidad, entre ellos los denominados “Q”, “M” y “R”. Este último (el “R”) es una enorme pared dividida en 11 paneles que van desde el piso del cañón hasta lo más alto.

En las cuatro temporadas más recientes han atendido el panel principal. Se decidió esperar por su complejidad, explica la restauradora: “Necesitábamos certeza de que el trabajo se realizaría de manera segura para el equipo, que estaría a 25 metros de altura en áreas donde no hay terrazas firmes. El señor Benjamín Villegas, de la CNCPC, nos construyó una infraestructura de andamios. Su trabajo es fundamental porque la seguridad de nuestras vidas está en sus manos”.

Sin embrago es imposible acondicionar un armazón para abordar el panel completo: se trabaja por secciones. Siguiendo los niveles definidos por los arqueólogos, los restauradores trazaron una cuadrícula imaginaria: siete niveles del piso hacia arriba y tres tramos en horizontal de dimensiones variables. En los nivelas 4 y 5 se concentra la mayor cantidad de pinturas. Ahora trabajan la sección lateral del nivel 5 del panel principal o Elemento “G”, con cinco metros de longitud por tres de altura, aproximadamente.

Para acceder a los andamios, los restauradores se sujetan con arneses de seguridad. Su faena comienza a las 8 de la mañana, desde que entran al sitio: con mochila a la espalda cargada de enceres, ascienden una ladera accidentada hasta la orilla del cañón. Descienden por el despeñadero, auxiliados de cuerdas. A nivel de piso, suben por el lado contrario, 25 metros hasta la boca del abrigo. La rutina es diaria.

Un par de venados de fino trazo iluminados en ocre. Jinetes negros como el carbón. Elaborados diseños geométricos. Figuras humanas con tocados. Aves, maravillan los ojos. Los restauradores preparan la pasta: miden todos los ingredientes con exactitud… los mezclan… Inician la aplicación. Así pasan horas. Antes de la puesta de sol recogen sus enceres y salen del cañón.

El panel de mayor dificultad será punto central en el circuito de visita que el INAH prepara para el sitio: recorridos controlados que ofrezcan seguridad al público en un entorno de relieve accidentado, y que garanticen la protección de este frágil patrimonio, conservado con un esfuerzo de equipo, al que se han sumado voluntarios de la sociedad sonorense como resultado de un trabajo de vinculación social, a través del cual el Instituto busca contrarrestar el vandalismo sobre el arte rupestre.