Verónica Murúa, música de cabaret en el callejón

El rescate como un acto de regocijo. Volver a los años 20, regodearse en la década de los 30.

Verónica Murúa con su voz de soprano, en el Callejón del Templo, en la trigésima tercera edición del Festival Alfonso Ortiz Tirado (Faot), con el ejercicio del programa que denomina Par le moi Marlene…

Noche de lunes y empezar de manera óptima la semana. Cerrar la jornada cotidiana, de labores, con los oídos abiertos, los ojos, ídem.

Apreciarlo todo. Porque los sentidos de los espectadores se disponen. Cuando ya le viento es un vaho fresco que aporta su dosis de emoción.

Emoción la que despierta la interpretación de la compañía musical que acompaña a Murúa: el piano, la melódica como un intervalo y destreza del pianista, quien también toca el acordeón.

El contrabajo un resonar en las paredes aledañas y parte fundamental de la cálida escenografía. Las percusiones que es una batería, el compás magistral en la joven edad del baterista que todo lo entrega.

El tango como una manera también del rescate, la prominente interpretación de Volver, la magnánima obra que inscribiera para siempre en nuestra memoria el impecable y desgarrado Carlos Gardel.

Y que si de pronto Mónica hace una pausa, como lo dicta el programa y ella misma lo explica, para que los muchachos interpreten esa melodía que Margarita, la diosa de la cumbia, hiciera famosa: La foule, sin la letra deQue nadie sepa mi sufrir, solo el origen, la música como un respaldo e inspiración para esos versos que nos han puesto a bailar.

El sonido de la trompeta describe a la perfección el pentagrama donde habita Summertime, esta rola compuesta por George Gershwin en la década de los 30. Aquí la voz en su impase se convierte en humildad para que el trompetista haga lo suyo y cumpla a cabalidad la interpretación como lo ordena el canon.

El espectáculo que contiene se viste de proyección de escenas del cine de los años 20. La evocación de un cabaret donde todo juega a ser búsqueda, trasnochados que visten de tacuche y construyen la nocturnidad en melodramas. El baile y la poesía como una atmósfera en blanco y negro.

La nostalgia que habita en el recuerdo. Volver sin haberlo vivido en carne propia, pero sabiendo que ese tiempo existió. Como existe hoy el Festival Alfonso Ortiz Tirado. Y que es también un abanico que otea en la memoria.