La gente migra, eso no es un fenómeno reciente. Migra por adversidades en relación con el medio ambiente, por conflictos bélicos o por crisis económicas, pero independientemente, a final de cuentas la gente migra para sobrevivir, la mayoría de las personas no dejan el territorio en el que se han desarrollado y han establecidos vínculos por gusto.
La novedad en la que radica el fenómeno reciente del que hemos sido testigos, las famosas ‘caravanas migrantes’ provenientes del centro del continente, radica quizás en la magnitud y frecuencia, que se relaciona también con la magnitud de las crisis y la complejidad del sistema global que ha estrechado la interdependencia entre países y ha permitido estructurar de manera altamente compleja negocios de toda índole, incluyendo los ilegales, los que menos pueden regularse. Es por ello que nunca habíamos sido testigos de migraciones masivas que pasarán por nuestro territorio –digo ‘nuestro’ en el sentido de pertenencia e identidad anclada a él, no en un sentido de propiedad sobre éste–
Las reacciones de la sociedad ante las olas migratorias han sido diversas, desde la compasión pasiva y la solidaridad activa hasta la hostilidad más deleznable hacia personas y familias enteras con las que tenemos tanto en común pero que por alguna razón, que en el caso de México generalmente se relaciona con cuestiones racistas y de animadversión hacia la pobreza, hay quienes los ven como ‘los otros’, los ‘ajenos’, pese a que irónicamente, a veces venga de parte de personas físicamente similar y económicamente no tan distintas. Actitud reprobable que se replica a través de redes sociales y otros medios de comunicación.
No podemos negar que no todas las personas son bien intencionadas, por supuesto que siempre hay excepciones, pero esos casos se utilizan para alimentar la xenofobia que afecta por igual a buenos y malos, hombres y mujeres, adultos y, lo más triste, a niños.
Lamentable es también la represión que sufren por parte de cuerpos armados, pero se entiende que responde a tensiones geopolíticas que no se pueden resolver con un chasquido de dedos, sin embargo, poco se logra con reprimir, quien quiere migrar lo hace y no hay muro que lo impida. Parafraseando a Moré –estudioso de los temas fronterizos– ni el muro de Adriano, ni la Gran Muralla China, ni ninguna histórica edificación que ha resistido el paso del tiempo, ha resistido nunca las presiones fronterizas que se supone debían contener.


