En 1851, así comenzaba el final para muchos en Álamos.
Ese año, el aire dejó de oler a jazmín. No fue una guerra, ni una revuelta. Fue un enemigo que no se veía… el cólera morbus.
Todo empezó como una fiesta. Los festejos de la Virgen de la Candelaria, en la Hacienda de la Labor.
Multitudes reunidas… y un contagio que se esparció sin pedir permiso.
En cuestión de semanas, la Ciudad de los Portales se convirtió en un lugar de luto.
El cronista de Álamos, Juan Carlos Holguín, nos relata que la muerte no distinguió clases sociales. El cólera se llevó al párroco del pueblo… y también a Dolores Palomares, abuela de Álvaro Obregón, quien vio morir a cuatro de sus hijos en menos de un mes.
Murieron alrededor de trescientas personas. El diez por ciento de la población.
Y cuando el panteón ya no dio abasto, se abrió otro: el panteón de los coléricos.
Los encargados de sepultar a los muertos fueron indígenas mayos y yaquis, quienes —según se decía— parecían ser más resistentes a la enfermedad.
Fue ahí, entre el miedo y la prisa, donde nació la frase.
«Se supone que los indios mayos y yaquis resultaron ser como un poco más inmunes al cólera… ellos fueron los encargados de sepultar a los muertos y se supone que iban a algunos que pues todavía iban como pues no muertos… cuando los echaban a las zanjas, al panteón de los coléricos, se oían los quejidos de la gente. De ahí viene una frase… los indios les decían a la gente: ‘No te quejes, cierra el ojo, que ahí va el tierra'».
Una frase nacida del horror y la tragedia… que se quedó viviendo en la memoria de Álamos.
Hoy, este pueblo sigue de pie, luminoso y festivo. Pero bajo sus calles, la historia susurra.



