Con el tiempo, uno va descubriendo que el Festival Alfonso Ortiz Tirado trasciende los espectáculos que se presentan en sus diversos foros; que hay una musicalidad exquisita si uno se atreve a escuchar los márgenes periféricos del sonido. También, hay historias que van ocurriendo en esas fronteras de la realidad y la ensoñación que provee Álamos.
Estamos pues en la intimidad e intestinidad del Festival, perpetrado como un mural infinito de historias y experiencias, de canciones y sonidos que van bosquejando un mundo de fantasía salida de la mente de Daniel Sada, de Rulfo, de Gardea, de Tario, pero también de Di Benedetti, de Bolaño, de García Márquez, de Petrovic, de Pavic, de Cartarescu. Internarse por las venas y arterias urbanas de Álamos es dejarse llevar por un flujo de conciencia y de fractales, de tiempos que no son homógeneos: Por el Callejón del beso, podemos encontrar a un joven, parapetado entre los estrechos muros del callejón interpretando una melodía (quizás “Bésame Mucho”) con un artefacto creado a base de tubos de Polibutileno Succinato (PBS), que bien puede servir como tuberías de baño, o como una especie de arcilla para la gente con alma de inventor: El sonido sale lacerante pero con sincronía. El joven, parece poseído por un alma insomne. Saliendo del Callejón rumbo a la Plaza de Armas, podemos escuchar a un señor, entrado en los 60’s, con una camisa morada brillante, sombrero de vaquero sonorense, y una guitarra negra: su nombre es José Luis y le canta al desamor (“Me estoy enamorando” de los Cadetes). Cuando termina su canción explica que vivió mucho tiempo en “el gabacho” y que ahora que se regresó, su mujer lo abandonó.
A contraesquina de la Plaza de Armas, en las Faldas del Templo de la Purísima Concepción, empieza el espectáculo Hotentote de Cirko Alebrije; una presentación que se da con la ayuda de un dispositivo escénico aéreo y que permite que la elasticidad de sus protagonistas quite el aliento acompañado de una música que va de los beats hip hoperos al bossa nova a un minimalismo musical atmosférico.
No hay silencios perdurables en Álamos, hasta los sonidos que hacen los pasos de los transeúntes parecen conformar una orquesta festiva y fantasmal. Es el turno de Las Mojigangas de Álamos que empiezan su recorrido justo enfrente del Museo Costumbrista de Sonora: un recorrido carnavalesco, acompañado de música en vivo y una batucadfa que va interpretando canciones que tienen un eco emocional en los espectadores: “LA yaquesita”. Alguna canción del Vale, o algún otro éxito de música norteña que encierra el sentir colectivo de la región. Aquí es imposible no detenerse a pensar, mientras van pasando los tótems hechos de cartón y tela de María Félix, de una Adelita, una catrina, en el sentido de la música para el mexicano: en sus imbricadas relaciones donde nos reconocemos con música en nuestro cotidiano.
Todavía pensando en el concierto épico ofrecido por la Orquesta Filarmónica de Sonora bajo la dirección artística del maestro Arturo Márquez, no es un capricho el pensar en estas escenas que se han ido creándose en el último días de actividades del FAOT 2024 como metraje perdido de alguna película: Película que tendría que ser dirigida por el Fellini más lúdico (quizás Amacord y la bella representación que hace de su pueblo-creemos que su natal Rímini-) o, quizás el caos fílmico lleno de vida y celebración que es el cine de Emir Kusturica, que captan la esencia festiva de sus respectivos pueblos: italiano y yugoslavo. No en vano, ambos directores coquetearon con dirigir una película en México. La Rímini de Fellini y los pueblos enclavados en la región serbio-bosnia de Kusturica están emparentados con los pueblos de México: sus ganas de vivir, de reírse, de celebrar, quizá condición identitaria de los pueblos mediterráneos/balcánicos/mexicanos, su amor por la música. Un carnaval de sensaciones traslucen en los rostros de todos los que hoy están en Álamos. Y esas simetrías también las podemos encontrar en las tarantellas, los sonidos balcánicos y en la música regional mexicana: sonidos y notas que se cantan desde la pasión por la vida, ajenas al relato occidental que las encasilla en la absurda categoría «músicas del mundo».
La vida es celebración. También el FAOT.



