Recordarte colibrí

1 de julio de 2025

A propósito de la invitación que recibimos para participar en el Primer Foro: El Sonora que las niñas y los niños merecen en Hermosillo, Cd. Obregón y Nogales, surge la inquietud por recordar diagonal sensibilizar a quien pasa por estas letras sobre lo que significa maternar estando en prisión. Como mamá de Sylvana, a quien entregué a los brazos de mis padres a los tres meses de nacida para enfrentar mi responsabilidad legal, me encontré de frente con el desafío -para mí, y para ella- de ser su mamá a larga distancia. Este texto forma parte de BREVE AZUL, CRONICAS CARCELARIAS, de La Cábula Ediciones, y lo comparto como antesala de mi ponencia en este foro, del cual, a mi regreso, también les haré parte.

El vestido blanco parece flotar en el viento. La veo en cuanto se abre el portón gris que nos divide de la libertad. Arranca la carrera sin otra meta que mis brazos. Parece un colibrí a punto de emprender el vuelo. De un salto me rodea la cintura con sus piernas y me llena de besos. Las dos colitas de sus rizos brincan como resortes y cada vez que intenta hablar se le sale el aire por el hueco de los dos dientes de enfrente que se le cayeron.

Emocionada y sin dejar de revolotear las manos me muestra el otro diente flojo, el que sigue, el que ya espera el ratón. Me río, la abrazo y se me traban en el corazón las tres mil palabras que quiero decirle en dos horas de visita familiar. No me deja saludar cómodamente a los demás, acapara en todo momento mi atención. Nos vamos a la mesa y mientras se sirve el desayuno me presume el vestido que con tanto amor la abuela le hizo, la creatividad en los moños de listón de su cabeza tejidos por las mismas manos y las sandalias que el abuelo le compró ayer que fueron al centro.

Los demás conversan animosamente. Pregunto por algunos de afuera, que si fulanita está muy gorda, que si zutanita ya parió. De nuevo jala mi atención tomando con sus manitas mi rostro, la hoja en blanco que sacó de la mochila que siempre trae consigo nos espera. ¡Vamos a dibujar un chango! Me convoca, y en el intento tiramos sin querer un vaso con soda, manchamos el mantel y quebramos dos crayolas.

Cuando por fin logramos colorear, me cuenta que quiere ser maestra. La felicito, bromeo con ella, le prevengo de Elba Esther. Me pone cara de no entender nada mientras los demás ríen. Ella ríe por compromiso, le nace luego abrazarme. Su mirada me atrapa. No puedo dejar de verla. Son tantos años sin ella. Tantas las ganas de llevarla al mar, de dibujar su cuerpo en la arena, de juntar caracoles y corretear las olas.

Tantos los sueños de llevarla al circo, de patinar en la banqueta, de disfrazarla de abeja en el festival de primavera. Y resulta que se me fue el tiempo y ella ya hizo todo eso con la abuela, con las tías. A quienes dedica sus poemas los dieces de mayo. A quienes dibuja juntas en una casita donde yo no aparezco. Por quienes llora cuando las pierde de vista.

Brinca de la silla, se le cae un moño, tira una bolsa, corre hacia el columpio. Mientras se balancea intento convencerme que todo está bien, que es mejor que no me necesite, que no me extrañe. Que no le duela estar sin mí.

Ayer leí “En el mar de tu nombre” y entre las páginas de esa novela la he encontrado mil veces y me ha dolido más que nunca que no estemos. Ella es la isla en la que yo quiero construir mi muelle. Ella es la cara que encuentro en otras caras.

Es la niña de mis ojos que llora por la niña de mis ojos. Es encontrar sus lunares en otra piel. Su sonrisa incompleta en los hijos de otras. Es saber que sus travesuras alguna vez fueron mías, porque dicen los que saben que lo que se hereda no se hurta y la genética no miente.

Irrumpe mi silencio con su algarabía. Detrás de mí me tapa los ojos, juega a peinarme y despeinarme, le pinto las uñas, se sopla los dedos y me besa. Cuando menos pensamos el tiempo para la visita se ha terminado. La custodia grita que despidamos a la familia. Los encamino a la puerta y ella se abraza a mi pierna como quien no suelta su almohada para seguir soñando. Todos se despiden, menos ella quien se aferra a mi pierna, quien no me suelta ni un segundo. Me habla quedito, me obliga a agacharme para escucharle, y con su voz ronquita me pide lo único que no puedo darle en la vida: Que me vaya con ella. 

Finjo reír con la ocurrencia. La aprieto en un abrazo con todas mis fuerzas. Le quiero tatuar en el alma lo mucho que la amo. La estrujo. Le cambio su petición por una llamada, prometo contarle un cuento. Encoje los hombros. No muy convencida se conforma y de nuevo mi colibrí emprende el vuelo detrás de su abuela. Veo agitar sus alitas y con la ventana en su sonrisa me dice adiós desde lejos hasta que por dentro de nuevo se cierra el portón.

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