Apartó el discurso escrito. Era su «Pro eligendo romano pontifice», es decir, el sermón que le serviría para establecer las características que debía reunir el nuevo Papa. Era la tradición y, como Cardenal Decano, no debía apartarse de ella.
Pero lo hizo. Prefirió “hablar desde el corazón”, improvisar. Inspirado, sobre la marcha interpretó algún pasaje bíblico y el valor de la duda y la importancia de reconocer que todos los presentes en ese cónclave eran, al fin, humanos imperfectos.
Remató: “Para trabajar juntos, para crecer juntos debemos ser tolerantes. Sin que una persona o facción busque dominar a otra… La certeza es el gran enemigo de la unidad. La certeza es el enemigo mortífero de la tolerancia”.
El Colegio Cardenalicio se sorprendió. Cómo interpretar lo escuchado, cuál era el mensaje oculto, cuál el interés particular del Cardenal Decano. Poco tiempo tendrían para reflexionar en ello pues debían ir a la Capilla Sixtina y comenzar la votación.
Técnicos o rudos
“Cónclave” (Edwar Berger, 2024) es una coproducción británico-estadounidense basada en el libro de Robert Harris donde se da cuenta de las tensiones y amarres que podrían suceder entre humanos cuando dicen decidir en nombre de Dios. En la historia, el inesperado final podría ser lo más comentado o recordado, pero de principio a fin es una pieza que requiere muchas vistas.
O muchas leídas, si lo que se tiene a mano es la novela.
Robert Harris, autor, tiene una trayectoria interesante: comenzó en el periodismo y pasó a la ficción histórica a partir de la investigación de episodios de la Segunda Guerra Mundial. Tiene varios años en que dio un salto temporal al pasado y ha desarrollado, en el mismo género, personajes y momentos de la Roma antigua. En “Cónclave”, Harris aprovecha ese conocimiento de las decisiones romanas en tiempos de Cicerón y lo traslada a lo contemporáneo. A la novela le cayeron críticas inmediatas por imprecisiones sobre el protocolo de un cónclave, pero es un trabajo de ficción bastante bien logrado.
Quizás por su condición de estudioso de las decisiones colectivas, es que Harris introduce como una lectura de su protagonista de “Cónclave” aquel libro básico de Elías Canetti —“Masa y poder”— donde, de entre muchas aristas, el Nóbel de Literatura aborda la transformación que sufre el comportamiento individual cuando se encuentra entre muchos. Y, si bien no deja de ser un trabajo de ficción, la novela de Harris es muy interesante en ese nivel.
Nominada a ocho premios Óscar y galardonada en otros muchos espacios especializados, la película “Cónclave” se lleva su mayor reconocimiento por el trabajo del guionista Peter Straugham.
Quien ha leído la novela, regreso al punto, pudiera presentar como reclamo bien fundado que en las páginas del trabajo de Harris queda mucho más claro el conflicto entre bandos —el protagonista es italiano en el material original, por lo que la tensión se da claramente entre corrientes de pensamiento, sobre qué se entiende como lo correcto—, están mejor presentadas las dudas sobre la fe del Cardenal Decano, así como su debate interno entre ser administrador o pastor y que la construcción del resultado final del Cónclave es mucho más sólida y orgánica, entre otros aspectos. Pero como película es, además, una fiesta visual.
Recomiendo ver la película con atención en dos contrastes: los materiales y la iluminación. Con lo primero, el entendimiento se ayuda identificando lo tradicional —materiales naturales como la piedra, el metal, la madera— frente a lo moderno; en lo segundo también se advierten dos polos, la secrecía —sombras, negativos, desenfoques— frente a la transparencia —luz de día y espacios abiertos—.
El mano a mano
En la luz de la película es donde justamente se encuentran quienes permiten que la historia avance: las Hijas de la Caridad.
Explico un poco más. En el cónclave, la decisión se toma a puerta cerrada por un centenar de hombres; pero todos ellos duermen y comen en la Casa Santa Marta administrada por la Hijas de la Caridad, bajo el liderazgo de la Hermana Agnes. Quien vea con cuidado la historia apreciará que los descubrimientos, los testimonios, los giros en la trama se logran en parte importante porque ellas participan, porque “tienen ojos para ver y oídos para escuchar”.
Cuántas veces no sucede eso mismo en otros ámbitos: que las personas anónimas y fuera de los reflectores son quienes conocen realmente qué está sucediendo, conocen las motivaciones de las cabezas visibles. Suelen estar en lo suyo y en silencio, pero cuando hablan —cuando se animas a hacerlo—, más vale escuchar.
A ras de lona
“Cónclave” filmó algunas de sus escenas en el Palacio Real de Caserta (Italia). Algunos de esos espacios pueden también verse en el Epidosio II de Star Wars (George Lucas, 2002), en “Misión Imposible III” (Chris Stuckmann, 2015) y “Ángeles y demonios” (Ron Howard, 2009).



