Una vez liberado, Siamak visitó amistades y familia, tratando de retomar su vida. Dar vuelta a la página, como se dice.
En casa de Marjane, se sientan en la sala a medio círculo, rodeándole: “Había científicos”, les comparte Siamak. “Conocían el cuerpo entero; sabían cómo causar el mayor dolor”. Jala el humo de su cigarro, voltea a su lado derecho, recordando. “Me pegaron tanto con cables que mis pies ya no parecen pies. ¿Por qué en los pies? Porque los nervios ahí están directamente vinculados al cerebro”.
Marjane escucha con atención, tendrá unos diez años. No es la primera vez que se entera de situaciones así. La hija de Siamak, otra niña de su edad, apenas entró a su casa le había dicho: “Es mi papá. Estaba preso. Es un héroe”.
Técnicos o rudos
“Persépolis” (Vincent Paronnaud y Marjane Satrapi, 2007) es la película que adapta la novela gráfica autobiográfica de esta última, donde se relatan los años y experiencias que le llevan de una infancia más o menos acomodada en el Irán del Sha de los años setenta, al extravío más profundo en las calles de Viena durante su adolescencia, a la estabilidad de una temprana adultez en Teherán y Paris.
La crudeza de la historia contrasta con el hecho de ser una cinta animada. Una caricatura a blancos, negros y grises, si se quiere simplificar.
Si bien “Persépolis” pudiera ser la obra cinematográfica más conocida de Satrapi, tiene otras varias en su haber. En 2014, por ejemplo, dirige la cinta de terror “Las voces”, coproducción germano-estadounidense, protagonizada por Ryan Reynolds y Gemma Arteton. En 2020 también estuvo en la silla de la dirección de “Madame Curie” (en su versión original se llama “Radioactive”) distribuida por Amazon MGM Studios.
De sus trabajos internacionales refirió, en algunas entrevistas, la costumbre de consultar todo con todos y todas las veces. Si bien reconoció el valor del trabajo en equipo, recordaba con añoranza aquellos años de las producciones mucho mas personales, donde su visión como directora se plasmaba directamente en el cuarto de edición.
Y la diferencia se nota, ahí está “Pollo con ciruelas” (Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud, 2011), propuesta que parece más una obra de teatro recogida en celuloide, repitiendo mancuerna con quien colaboró en “Persépolis”.
Regresando a “Persépolis”, no puede tomarse curso de historia o documental sobre Irán. No aspira a serlo. Es una historia personal, la construcción de una vida después de haberla digerido. O las piezas que Marjane decidió compartir, en el tono y con el sentido que decidió para la memoria. No más, pero tampoco menos.
El mano a mano
En todo caso, recomiendo ver y rever la primera parte. La niña crece y reciente los cambios de régimen en una etapa de formación, aprendiendo y reaccionando a los estímulos que recibe en casa y escuela.
Esa primera parte pudiera ser la que mas resuena. Pero su biografía, sus desamores y dudas, tampoco tienen desperdicio.
Una de las principales críticas que han recibido tanto historieta como película, por cierto, se enfoca en esta etapa. El horizonte de la autora, se dice, solo le alcanzaba para ver su propia familia, el privilegiado de una clase media o media, en una sociedad donde el grueso de los números se escribía con tinta de extrema pobreza y sobre páginas de contundente desigualdad.
Pero que no sea representativo, me parece, no cancela su aporte para ilustrar algunos elementos.
Los programas educativos como medios para ideologizar. Aquí nadie escapa. Dentro del aula de los primeros años, con esa autoridad sin comparación que encarna la persona titular de las materias, se dicta a quien amar y a quien odiar. Las mentes en esas etapas, sin filtros maduros, absorben para retener en la médula. La vida en familia también inculca. Separa lo correcto de lo incorrecto, basándose en el contexto, la oportunidad, la coyuntura.
Al final, para cuando se nos presentan las herramientas del pensamiento crítico, somos ya un manojo de convicciones sobre creencias edificando argumentos para validar aquellos que resultó de las combinaciones asimiladas desde los primeros años. Pocas personas tienen la oportunidad acotarse sistemáticamente a los límites de sus conocimientos; pocas reconocerán el error en que incurrieron al defender reiteradamente alguna postura.
A ras de lona
Antes de llegar a su sexta década, el pasado 4 de junio, Marjane Satrapi murió. Sus cercanos coinciden: fue la tristeza. Ya no quiso luchar, quería irse y estar junto a su esposo, Mattias Ripa, quien se adelantó a la existencia infinita hace un año.



