Gracias a Josefina, una muy querida amiga, llegó a mis manos Operación Masacre. El libro fue escrito por Rodolfo Walsh, periodista argentino reconocido por haber innovado el género de la novela de no ficción. Operación Masacre narra una noche de 1956 en Argentina, en la que doce personas fueron secuestradas por las fuerzas policiales de la dictadura, hecho que terminó con el fusilamiento de cinco de ellas y la escapatoria de las otras siete.
El libro relata la investigación de Walsh, quien retrata a cada uno de los involucrados y cómo vivieron los hechos de la noche del fusilamiento, así como la evidencia contenida dentro de la causa judicial. Más allá de la forma brutal en que se reconstruyen los hechos, en conjunto con el toque ficcional, una parte de gran interés personal fue el análisis de la causa penal y la lucha por la competencia entre los tribunales civiles y militares.
El contexto es el siguiente: el 9 de junio de 1956, Juan José Valle lideró un intento de derrocar a la dictadura, el cual fracasó y derivó en el fusilamiento de militares y civiles. Esa misma noche, a las 23:30 horas, las doce personas fueron secuestradas en un domicilio privado. Ya pasado el inicio del día siguiente, a las 00:32 horas, se estableció la Ley Marcial mediante el decreto 10.363, que ordenaba fusilar a quienes violaran dicha disposición, lo cual provocó el fusilamiento de las personas a las que hace referencia el autor.
La situación jurídica escaló hasta la Corte Suprema de Justicia de la Nación Argentina, que debía determinar si los tribunales civiles o los militares eran competentes para llevar la causa penal. Walsh pone sobre la mesa algo incontrovertible: si la captura ocurrió a las 23:30 horas y la Ley Marcial entró en vigor a las 00:32 horas del día siguiente, ¿cómo pudieron los detenidos haber quebrantado el decreto si ya estaban privados de su libertad?
La lógica, a mi parecer, es irrefutable y garantizaría que las doce personas no fueron fusiladas bajo el amparo de la Ley Marcial, sino que se actuó de forma ilegal y, por lo tanto, los responsables debieron quedar sujetos a la ley civil, al obrar fuera del amparo de su estatus militar. Sin embargo, la Corte decidió que la competencia correspondía a los tribunales militares.
La cuestionabilidad de la verdad histórica, material y legal está más vigente que nunca, y el caso que relata Operación Masacre nos permite ver que los hechos, a pesar de ser precisamente eso —hechos—, no están a salvo de ser cuestionados. Si bien en los años cincuenta se carecía de la posibilidad de contar con evidencia plenamente fiable, hoy existe una mayor facilidad para hacerlo: fotografías, videos, archivos digitales y diversos medios de distribución que funcionan como un ágora, donde todo queda a la vista de todos.
Aun así, el poder político y mediático, frente a los hechos registrados, decide cambiar la narrativa con la expectativa de que la manipulación algorítmica funcione y que solo una versión de lo sucedido llegue a nuestras pantallas. Tomemos en consideración el video en el que un agente de inmigración estadounidense asesina a una persona dentro de su vehículo. La disputa por la verdad en redes sociales se dio entre quienes presenciaron claramente a una persona asustada intentando escapar y quienes interpretaron que esa misma persona utilizó su vehículo para atacar a un agente de policía, habilitando así el uso de fuerza letal. Un solo hecho, dos verdades.
Del mismo modo, analicemos las imputaciones recientes en las que distintos políticos y empresarios aparecen en los registros de un individuo dedicado a la trata de personas y a las mayores perversidades que podemos imaginar, dignas de una película de Pasolini. Es información pública quiénes forman parte de esas redes de vileza y, aun así, los medios de comunicación se atreven a reinterpretar situaciones que resultan claras ante los ojos de los espectadores. En uno de los correos, uno de los interlocutores afirma: “Represento a tal familia”. Los medios responden: “fueron los rusos”.
Cuando la verdad deja de ser verdad, el silencio gobierna. En ocasiones necesitamos la ira, el coraje y la decepción, que son familiares del cambio; pero si nada es verdad, nada indigna ni lastima.



