Sentado sobre una silla de varios miles de dólares colocada frente a una elegante recámara, en bata blanca, el productor Stanley Motss afirma que lo único que podría distraer la atención del problema presidencial es una guerra. Conrad Brean, en saco azul y corbata de moño, ya lo ha pensado.
“Pero qué quieren de mí”, pregunta el productor. “La guerra es un espectáculo, por eso estamos aquí”, le responde Brean.
Técnicos o rudos
Hay un escándalo sexual que afecta directamente al presidente de los Estados Unidos. Si eso por sí mismo ya es algo malo para el ejercicio del poder, el pronóstico empeora entre los analistas porque se aproximan tiempos electorales. ¿La solución? Un conflicto internacional en algún país que la población difícilmente puede ubicar en el mapa. No tiene que ser real y las razones detrás poco importan; aquí lo central es que la atención pública esté en otro lado, no en el escándalo presidencial.
¿Parece algo real? Se trata del argumento de la película “Wag the Dog” (Barry Levinson, 1997) una adaptación de la novela “Héroe Americano”, escrita cuatro años antes por Larry Beinhart.
Treinta años y la ficción se parece, otra vez, a la realidad.
Robert De Niro como Conrad Brean —un especialista en propaganda—, acude a Dustin Hoffman, en su papel del productor Stanley Motss, para que “produzca” una guerra en Albania, como si se tratara de un espectáculo: es como organizar una entrega de los premios Óscar, le dicen, o como si se tratara del certamen de Miss Universo. Una vez que interviene la CIA para acallar la mentira, Motss inventa un personaje, un soldado de apellido Schumann (Woody Harrelson), que habría quedado atrapado en el supuesto conflicto… y al que se abandonó como un “zapato viejo” (por aquello del apellido): otra vez, una mentira para olvidar el asunto presidencial. Y la historia sigue.
En la novela, un trabajo de ficción que toma algunos elementos reales para apoyar sus afirmaciones, el argumento central descansa en la idea de la operación “Tormenta del Desierto” fue una creación para asegurar la reelección del entonces presidente Bush. Para el cine, el asunto del escándalo sexual se acomodó por el asunto Clinton-Lewinsky.
Fue tal el impacto de la película que, años después, la novela cambió su título y “Wag the Dog” pasó a formar parte del repertorio de expresiones políticas.
El mano a mano
La expresión “Wag the dog” tiene una traducción problemática al español. Sería, literalmente, “menear al perro”. O algo así. El punto es que es difícil de entender sin las referencias de su origen. Y aquí van.
Suele señalarse una obra de teatro escrita por Tom Taylor llamada “Our American Cousin”, estrenada en Nueva York por allá de 1858. Puede que la referencia más popular de esta obra se deba a que era la que presenciaba el presidente Lincoln en el Teatro Ford cuando fue asesinado en la ciudad de Washington. En fin, de ahí (en traducción libre) las líneas que interesan. Un personaje de nombre Dundreary, bromeando, pregunta “¿Por qué el perro mueve su cola?”. A ello, Florence responde: “Le doy mi palabra, no me lo había preguntado”. Y cierra Dundreary: “El perro mueve su cola, porque la cola no puede mover al perro”. Hace casi dos siglos, así la comedia.
Luego la expresión saltó a la arena política, en 1871, cuando en un artículo periodístico se comentó sobre la importancia para el Partido Demócrata de una reunión en Cincinnati: acreditarle demasiada importancia, decía el texto, sería creerle al chiste de Dundreary: que la cola puede mover al perro.
En la década de los años sesenta del siglo pasado, se redescubrió la expresión por un tema de impuestos y, a principios de los noventa se popularizó con la novela escrita por Larry Beinhart. A partir de ahí se usa para expresar manipulación y mentiras, cómo algo con menor importancia real puede ser el centro de muchas decisiones que afectan lo realmente importante.
En la mitad de la segunda década del siglo XXI, replicar algo como lo de “Wag the dog” sería imposible; pero eso no lo hace mejor. Las cortinas de humo siguen; las distracciones están en el orden del día. Ahora, con inteligencia artificial incluida, hay videos que parecen ciertos, los datos corren a velocidad luz y no hay forma de saber cuántas imágenes consumidas son verídicas, cuántas no y cómo todo aquello incide en la opinión que se tiene sobre algo.
Hace tres décadas el internet era incipiente y las redes sociales una loca idea que apenas se formulaba en algún escritorio. Ni para cuando se hablara de un algoritmo que nos genera cajas de eco, donde nos aparece lo que buscamos y nos convence de que no hay nada más que aquello que ya se da por cierto.
Hay una guerra, pero es casi imposible seguirle el paso; y distinguir lo verdadero del humo está cuesta arriba. Con el celular en la mano, hay tantos Brean y Motss como estrellas en el cielo.
A ras de lona
El título es tan difícil de traducir al español que en algunas partes de Latinoamérica se le conoció con el (poco creativo) título de “Escándalo en la Casa Blanca”, en Argentina como “Mentiras que matan” y en España como “Cortina de Humo”. Este último, si bien no alcanza al original, me parece mejor y me lo quedo.



