Número veintiuno

11 de noviembre de 2021

Dicen los que pasan por ahí todos los días, que no es por la pandemia. Que hace mucho están atendiendo así a la gente: afuera, en la banqueta. Un guardia de seguridad en punto de las ocho de la mañana reparte veinte fichas entre los que están formados, para ser atendidos por los abogados de la defensoría de oficio. La que está por la Z. Cubillas. En la Centenario.
Una señora, dos jovencitas, un muchacho, un anciano, otra señora con una niña de la mano, un joven vestido de traje y corbata, y hasta un paletero se sientan en donde pueden; Banqueta, guarnición, bardita de concreto, escalones de un edificio contiguo, donde sea pero que les pegue la sombrita.

Una mujer de vestido floreado se baja de un taxi justo frente a la fila. Cuando se dispone a formarse el anciano le advierte: que ya repartieron las fichas, que ya no alcanzó, que se acerque al guardia a ver que le dicen. Al guardia hay que tocarle fuerte, tiene cerrada la puerta de cristal para que no se salga el aire de la refrigeración, desde adentro, puede ver como la muchacha del vestido floreado le hace señas y el, con envidiable calma se acerca para abrir.
La mujer, tímidamente le pregunta si no alcanzó turno. El guardia, con voz en cuello le contesta que no. Que vuelva mañana y que se levante más temprano. Visiblemente decepcionada la del vestido floreado balbucea algo quedito. Los gritos del guardia lo aclaran todo: Que no es la única que viene de lejos, que no es la única que deja hijos encargados, que, si quiere, se espere a que pasen los veinte de la lista, y sin un licenciado tiene chanza la pueden pasar.

“Pasar” es nada más una formalidad, pues a los que van llamando no los pasan
a ningún lado. Les gritan el número y enseguida sale desde la puerta hasta la banqueta uno de los abogados de oficio que la defensoría pone a su servicio.

¡Número siete! Grita el guardia. Y un muchacho con su mamá se acercan al espacio de atención. Desde el fondo, una mujer con un cubrebocas manchado por el exceso de labial y maquillaje los encuentra a su paso. Justo en medio de todos, después de corroborar sus nombres les informa que necesitarán una serie de documentos que les indica en una lista en un papel. Se las quise imprimir, para que no batallen, les dijo. Ya una vez recibidos, podemos iniciar el trámite. ¿Iniciar? Pregunta la mamá. Hace más de dos meses que venimos usted dijo que estaba todo listo para empezar el proceso. Así es- afirma la abogada- después de entregar estos papeles. -¿y porque no nos dijo antes?- Creí que ustedes sabían, como tampoco me preguntaron nada. Mamá e hijo se retiran justo cuando gritan el número ocho. Es un joven con el uniforme de una embotelladora. A él lo atiende un abogado, quien antes de decir nada, le inquiere: ¿Viene Nancy contigo? No, le dice el Joven. -Te dije que si no venía ella no podíamos llevar a cabo la audiencia. Márcale a ver si te contesta y se deja venir. El licenciado se vuelve a meter y el joven empieza a marcar números desde su celular insistentemente hasta que una voz de mujer se oye del otro lado.

El muchacho se nota desesperado. Mire doña, dígale a la Nancy que el Licenciado está preguntando por ella, que no ande con berrinches, esto es cosa seria, yo ya no puedo estar viniendo. La que se la aventó fue ella, y yo aquí pagando el pato. Al muchacho le colgaron. El abogado sale después de unos minutos para preguntarle cómo le fue: El joven solo niega con la cabeza. El abogado en tono molesto le advierte que tendrá que re-agendarlos hasta dentro de un mes, hasta que logren ponerse de acuerdo. El joven quien pareciera armarse de valor le contesta en el mismo tono: Si pudiéramos ponernos de acuerdo no nos estaríamos divorciando ¿no cree? Yo ya perdí un día de trabajo, yo soy el que si vine, algo se debe poder hacer.

La mirada de todos sobre el abogado lo obliga tomar otras medidas: ven, le dice, vamos a levantar un acta donde conste que tu si asististe a la audiencia. Y luego, el milagro: el muchacho logra entrar al interior de las oficinas a las que durante toda la mañana nadie había entrado. En el resto de la fila se siente una especie de triunfo. De satisfacción por el logro del joven. Por lo menos uno de los de afuera ha logrado romper la fortaleza que los divide de los de adentro, los de los escritorios de los de la banqueta. El triunfo del joven es también un logro de los formados. Significa que es posible ser tomados en serio y pasar al interior también.
Número nueve, diez, once. Uno a uno todos los números son gritados esa mañana. El diecisiete busca una pensión, el dieciocho quiere divorciarse. Ruth y Marcos, ellos si asisten los dos. No porque logren ponerse de acuerdo, sino porque aún viven juntos. Marcos cree que Ruth no se atreverá a dejarlo y se ofrece a traerla hasta la defensoría seguro de que se arrepentirá al llegar. No es así. Ruth habla con toda seguridad frente a la muy joven recién egresada de derecho. Que ya no quiere seguir con él. Que se aguantó todo por los niños, que ya hasta intentó golpearla, que vale más antes de que ocurra una desgracia. Marcos no puede creerlo, con la mirada al suelo repetía: Nomás porque te alborotaste Ruth, nomás por esas amigas que traes. Tampoco llegan a nada. Firman una hoja. Volverán en un mes.
Número diecinueve. Número veinte. El guardia recoge las cinco sillas que la defensoría coloca afuera a manera de sala de espera que funge también como butaca. Se queja de lo lejos que las pusieron en aras de “la sana distancia”. La mujer del vestido floreado se acerca para recordarle que ahí sigue esperando, que si no puede ver que se puede hacer por ella. Como si de verdad lo lamentara, el oficial se agarra la cabeza, se cruza de brazos. La respuesta es no. No la atenderán, pero además la culpa es de ella. Ella debió recordarle unos tres o cuatro turnos antes de que se acabara la jornada. Malamente se esperó al número veintiuno. Ahorita ya van a ser las tres. Ahorita los Licenciados ya apagaron las compus, ya lo que quieren es irse. La mujer, ya mejor no dice nada, camina pensativa hacia la calle mientras busca un taxi. El vestido floreado se aleja lentamente en medio del bullicio en pleno centro de la ciudad.

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