Al término de sus callejones, se encuentra un rincón lleno de historias que se han quedado plasmadas.
Aquí, en Álamos, los muertos dejaron los templos alrededor de 1820, cuando una orden real los envió a las orillas de las ciudades.
Desde entonces, este lugar quedó suspendido entre la piedra, la memoria… y el olvido.
El cronista de la ciudad, Juan Carlos Holguín, nos guía por estos pasillos donde la historia se vuelve tangible. Dice que, aunque hay panteones antiguos en otros pueblos, el de Álamos tiene algo distinto… una mística difícil de explicar.
Aquí está, por ejemplo, la lápida más antigua: la tumba de tres primos asesinados en 1844.
Más allá: el obelisco del general Antonio Rosales, que aún parece vigilar el horizonte.
Y aquel mausoleo imponente… el de Bartolomé Salido, símbolo del poder y la permanencia.
Pero no todas las historias están a simple vista. Juan Carlos, cronista de Álamos, nos pide observar con atención… y leer los símbolos.
«Es interesante porque hay tumbas que no tienen cruz, pero no porque se las hayan tumbado, porque hay unas que es evidente, pero otras que se ve que nunca tuvieron y eran porque eran masones, sobre todo esas que terminan como obelisco… Hay unas que tienen el triángulo así con el ojo de Dios, que es un símbolo masón; entonces, es muy interesante ver esas características».
Entre obeliscos masónicos y tumbas que parecen cajas de zapatos estibadas para mantener a las familias unidas, el panteón es un retrato fiel de la sociedad porfiriana y colonial que habitó estos portales. Un lugar donde la belleza del arte y la severidad de la muerte se abrazan bajo el sol de la sierra.



