Imaginemos otros mundos

26 de enero de 2024

No es un capricho retórico decir que la imaginación, bajo el sistema capitalista tiene un techo muy marcado. Que a la imaginación colectiva del mundo occidental, como discurso hegemónico, la encierra una especie de jaula de oro, de márgenes con adornos ostentosos y llamativas, pero, en cierta forma, vacíos y desprovistos de contenido. El teórico David Harvey hablaba de la necesidad de repensar la imaginación en términos post-capitalistas. Paralelo a lo dicho por Harvey y desde otra trinchera, los grupos originarios de México y de toda América Latina, se han convertido en colectivos de resistencia que crecen en los márgenes del discurso capitalista y del zeitgeist occidental.

En ese tenor, la mesa de diálogo “Derechos de los pueblos originarios” que se llevó a cabo en el Pabellón étnico del Festival Alfonso Ortiz Tirado, tiene una relevancia que debería hacerse realidad: con un marcado sentir iconoclasta, este evento rehuye de la rigidez protocolaria de las “mesas de diálogo” académicas y culturales a las que estamos impuestos, también cambia el paradigma sobre el objeto de estudio y el sujeto; por el contrario, es una mesa que es de los pueblos originarios para los pueblos originarios.

En vez de las referencias y esa intertextualidad que a veces raya en la frivolidad intelectual, el diálogo aquí se va construyendo desde lo anecdótico y lo vivencial, sobre las rutinas del día a día, sobre las opresiones reales y simbólicas, lacerantes y paradójicas que siguen viviendo los pueblos originarios, incluso cuando se disfrazan, desde lo institucional o lo social, de “buenas intenciones”.

El modelo indigenista propuesto desde el discurso nacionalista mexicano sigue manteniendo esas líneas nocivas de paternalismo, romantización, exotismo y se ha agregado la mercantilización de los elementos, rituales, saberes y cosmogonías de los pueblos originarios para agregarlos en destinos políticos electorales, o bien, insertos como meros productos en una sociedad que sólo se encuentra a sí misma consumiendo.

El maestro Teodoro Buitimea y César Arenas por parte de los yaquis, Valentina Torres de los comca’ac, Julia Romero de los macurawe y Ana Guadalupe Vásquez y Juan Luis Longoria de los N’Dee, relatan el sentir colectivo de desesperanza y frustración cuando desde las distintas esferas sociales(políticas, económicas, artísticas, culturales,académica turísticas) sufren la apropiación cultural y la usurpación de su identidad, y cómo pervierten y distorsionan sus rituales para convertirlos en meros productos de mercado listos para ser consumidos.

Porque el extractivismo al que, como país, hemos sometido a los grupos originarios no se reduce al despojo de territorio, a la distinción que se hace de ellos como ciudadanos de segundo nivel, sino que también se sustenta en el plano simbólico: en el extractivismo y saqueo cultural que también se hace desde la academia, desde el simbolismo de que personas ajenas a ellos den cátedras por el mundo de quiénes son, de que personas que no pertenecen a la comunidad étnica les expliquen quiénes son y por qué son. Ese hilo que se va tejiendo en las palabras de cada uno de los presentes va dibujando un panorama cada vez más desolador: el choque cultural entre el relato posmodernista del progreso, con sus artificios tecnológicos y su liquidez ideológica contra la tradición y la necesidad de preservar su identidad de los grupos originarios.

La llegada de las nuevas tecnologías y su condición inherente de doble filo, ha potencializado un foco rojo: la erosión de su lengua. Las nuevas generaciones, dice Teodoro Buitimea, ya sólo prefieren leer en español. Un pueblo sin lengua está condenado a unirse a la homogenización del mundo occidental. A perder su capacidad de imaginación.

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