La maldición egipcia

29 de agosto de 2025

 Lonchábamos cuando se podía. A veces debajo de un árbol, en ocasiones en el huerto de libros que era su casa, un departamento de la calle Bernardo Reyes. De una cebolla y un tomate emergía la más oportuna receta de cocina. En la complicidad de una estufa eléctrica que escondía debajo de la cama, para que el arrendatario no la viera, evitar así que subiera de precio el alquiler. 

Comíamos ensaladas de verduras aderezadas con el jugo de las naranjas agrías. Bebíamos agua de azahares, azahares que con sus manos desprendía de los naranjos del camellón del bulevar Rodríguez. Una que otra cochinita pibil, las tortas de aquellas con salsa roja de tomates maduros. 

En el Valiant 69 recorríamos la ciudad, luego de urdir planes, de tocar puertas y repartir proyectos. Recabar las hojas de papel necesarias para la impartición de un taller, una charla, era la premura. Constantemente el destino de la mañana era la cárcel para menores. Seguido el Valiantdetenía su marcha, ya sea por una falla en el distribuidor, o por falta de gasolina. Invariablemente el grito desde la entraña: “Otra vez, la maldición egipcia” La maldición egipcia la nombró para siempre, era el mote que le impuso a la charanga en la cual le volaba la greña. 

Abigael Bohórquez sonreía, pelaba la mazorca al concluir sus berrinches o esas anécdotas que sacaba de la chistera, la mejor colección de ocurrencias y vivencias. Escuchar rolas era también parte de la rutina. Por esos días le presenté a Joaquín Sabina, despotricó ante el verso: El asesino sabe más de amor que el poeta… desencajado blandió su mirada, me señaló con el índice: mentira, espetó casi muriendo de un infarto al miocardio. Quizá fue ese disgusto el que le acarrearía la diabetes. 

Anduvimos así los días, con la poesía punzante desde sus sienes y hasta la voz. Una vez de una libreta de taquigrafía extrajo su más reciente poema, escrito a lápiz, con emborronaduras, un soneto dedicado a doña Sofía Bohórquez, su madre. La magistral lectura me puso en las nubes, agradecí al cielo el privilegio del instante, esa noche más que estrellada en la cual escuché al poeta desentrañar los dolores y alegrías, en versos. Cuánta preciosura, chinga’o. 

Aquella vez fue de lo más terrible, nos dirigíamos de regreso a la ciudad, luego de tallerear con los morros de la cárcel, estaba el poeta montando una lectura dramatizada; el rollo fue que casi al llegar al vertedor de la presa Abelardo L. Rodríguez, La maldición egipcia hizo de las suyas.Tomamos un galón de la cajuela y caminamos rumbo a la gasolinera. Una troca con el logo de la cárcel se detuvo y el chofer con una seña nos indicó que subiéramos, el aventónestaba presto. Corrí lo más que pude para treparme a la troca, cuando di el salto pensé en Abigael, a la bestia, el maestro, me dije. Miré hacia atrás para verlo venir, y nada. Al volver la vista hacia el coche, estaba allí, con su gorra zambullida hasta la mitad de su frente, sentado de cuclillas, sujeto de los pasamanos de la troca. Lo había perdido de vista en su carrera y su salto de chapulín. La destreza inexplicable. 

Regresamos cargados de combustible, Bohórquez recolectando espigas de trigo que nacieron silvestres, las sacudía y las llevaba a la bolsa de su abrigo, luego las colocaría dentro de un frasco como florero y las pondría en la jaba de madera que fungía como mesa de sala en su departamento. Mientras la caminata las conclusiones y filosofía. Abigael Bohórquez me advirtió de lo escabroso del camino, del nunca llegar, en la mayoría de las ocasiones, a ninguna parte. Hablaba de las imposibilidades de concluir los proyectos de publicaciones o bien de la dignidad de una casa con patio y corral, “para sembrar matas”.

“Tenemos en contra nuestra, nuestra forma de ser”. Y siguió con su paso extraviado y generoso ese lunes por la tarde…

Historia Previa

Estados Unidos confirma visita de Marco Rubio a México la próxima semana

Siguiente Historia

Morena propone a Laura Itzel Castillo para la Mesa Directiva del Senado

Últimas noticias

Ir HaciaArriba