La Organización Mundial de la Salud (OMS) define la Mutilación Genital Femenina (MGF) como “todos los procedimientos consistentes en la resección parcial o total de los genitales externos femeninos, así como otras lesiones de los órganos genitales femeninos por motivos no médicos”.
Pero, ¿de dónde y cuándo surge esta práctica? ¿Y por qué no es hasta el siglo XX y el XXI cuando se reconoce de forma generalizada como una violación de los derechos humanos de mujeres y niñas?
De acuerdo a los autores Luján, Betancourt y Fajo no hay evidencias exactas, pero citan al historiador y geógrafo Strabo quien encontró indicios de que ya se realizaba la mutilación desde el siglo I a.C. en Egipto. Probablemente se extendió a través de diferentes territorios, principalmente de África Occidental, por la expansión del Imperio egipcio en la zona y lugares aledaños; inclusive en países mediterráneos. Por otro lado, se han encontrado mutilaciones de mujeres en cuerpos de momias, pero sin saber exactamente sus motivos.
Fueron los europeos quienes, a través de sus escritos, dieron a conocer la práctica de la mutilación femenina hacia los siglos XV y XVI, pero en los dos siglos siguientes surgieron distintas interpretaciones de la ablación, la clitoridectomía y la infibulación, términos con los que también se denomina la mutilación genital femenina.
En más de 30 países de África Subsahariana y Oriente Medio todavía se practica la ablación, como se le conoce en África. Según la investigadora del Centro de Investigaciones y Estudios de Género (CIEG) de la UNAM, Helena López González de Orduña, quien cita datos del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), de los más de 200 millones de mujeres y niñas vivas en 2021, se estima que tres millones de niñas al año la padecen.
En pleno siglo XXI, la mutilación sigue practicándose, aunque en menor medida y mediante procedimientos quirúrgicos en hospitales. Aun así, es una acción ilegal para quienes la realizan, y además, los costos de estas cirugías son muy elevados, por lo que solo quienes cuentan con altos recursos económicos pueden pagarlas.
Es innegable que esta es una violación a los derechos humanos de mujeres y niñas, ya que sus consecuencias pueden ser mortales o dejar graves secuelas físicas y emocionales en quienes la sufren.
México se ha ido sumando, principalmente a través de colectivos femeninos, a llevar a cabo acciones de rechazo en solidaridad con tantas niñas y mujeres que han atravesado por la MGF; pero, sobre todo, al futuro de nuevas generaciones. Se parte de la base de que lo que les sucede a muchas en otros lares, nos sucede a todas las mujeres.



