En un escenario donde las tensiones geopolíticas y el deporte se entrelazaron de manera inevitable, la Selección de Irán debutó en la Copa del Mundo 2026 con un empate 2-2 frente a Nueva Zelanda. El encuentro, disputado en el Estadio de Los Ángeles, estuvo marcado por un fuerte clima político y emotivos homenajes en las tribunas que la FIFA intentó minimizar, todo esto a pocas horas de haberse anunciado un acuerdo preliminar de paz entre Washington y Teherán.
El camino del combinado iraní para llegar a la competencia estuvo condicionado por severas restricciones migratorias, ya que las autoridades norteamericanas negaron las visas de entrada a varios integrantes de su cuerpo técnico. Además, al plantel completo solo se le autorizó el ingreso a Estados Unidos de forma exclusiva para disputar los encuentros oficiales, situación que obligó a la escuadra dirigida por Amir Ghalenoei a establecer su sede de entrenamiento en la ciudad fronteriza de Tijuana, México, donde la población local los arropó con calidez y muestras de apoyo de cara al torneo.
La narrativa de neutralidad que ha intentado promover el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, contrastó con el ambiente en Los Ángeles. La afición iraní, tanto la residente en su país como la comunidad en la diáspora, se manifestó de forma activa en el estadio tras haber vivido en febrero de este año una ofensiva aérea conjunta entre Estados Unidos e Israel que cobró la vida de miles de civiles y del entonces líder supremo, Alí Jameneí.
El activismo en las gradas se manifestó a través de dos vertientes principales: la denuncia de crímenes de guerra y la polarización frente al actual régimen teocrático de Teherán.
Por un lado, colectivos de aficionados exhibieron pancartas con la leyenda “Minab 168” para recordar el bombardeo perpetrado el pasado 26 de febrero contra la escuela primaria Shajare Tayebé en la ciudad iraní de Minab. De acuerdo con datos oficiales de UNICEF, aquel ataque dejó un saldo de 168 víctimas mortales, en su mayoría niñas de entre siete y doce años, además de 95 civiles heridos; un suceso que sigue bajo investigación de organismos internacionales sin que hasta la fecha existan militares o políticos procesados. En contraste, la agencia estatal de noticias iraní, IRNA, documentó a seguidores que portaban camisetas con la efigie del fallecido Alí Jameneí, quien fue sucedido en el poder por el clérigo Mochtabá Jameneí.
Por otro lado, la división interna de la sociedad iraní se hizo presente mediante los símbolos patrios. Mientras las banderas oficiales del Estado islámico ondeaban en el recinto, cientos de seguidores disidentes introdujeron banderas prerrevolucionarias —caracterizadas por el histórico emblema persa del león y el sol en el centro—, un símbolo que desde la Revolución de 1979 fue sustituido por el actual escudo del tulipán y la inscripción institucional. Para los opositores al régimen, este estandarte antiguo representa una insignia de resistencia contra la represión civil y las restricciones a los derechos de las mujeres en Irán, registrándose incluso actos donde el escudo oficial contemporáneo fue tachado o destruido ante las cámaras de televisión.



