por Río Silba
sobre ciertos eventos que ocurrieron
el 21 de enero de 2023
en Álamos, Sonora
Los ojos de las cámaras rodean en semicírculo
una tela color guinda que cubre un objeto reverenciado
en uno de los pasillos del Palacio.
Escuchamos el mensaje:
entrega a su honesto profesionalismo
y se devela la placa dedicada a Magali Romano.
Con el caer de la tela guinda
se comprueba el aprecio de sus colegas
ante el calor de los aplausos.
En la placa, un espejo rodea su nombre
donde se refleja la perpetua evaluación
de nuestra entrega, la responsabilidad
de quienes aún invertimos el aliento
para interpretar los hechos que suceden en la Tierra.
Recibo el sol sobre la cara al dirigirme hacia la Plaza de Armas
risas histéricas llegan
desde el segundo piso del Carruaje Mágico
y busco los rostros que tan perturbadora risa llevan
pero solo alcanzo a percibir tres parasoles negros
y la continuación de su histeria, que ridiculiza la vida misma,
me hace pensar en tres cuervos shakesperianos
que mucho saben sobre los pronósticos
que trae el destino.
Entro al Museo costumbrista
me siento junto a una mujer francesa
cuyos viajes por América la han traído a
Álamos, Sonora y pienso
qué tanta trama ha de formar la vida
para que dos desconocidos puedan compartir
unas palabras antes de que todo se lo lleve el olvido.
Nos disponemos a escuchar al cuarteto de cuerdas Move
proveniente de la Ciudad de México.
El escenario está debajo de un tejaban hecho de hoja de palmera y lámina
y esperamos rodeados por objetos que contienen en su fibra molecular
el tiempo de otro siglo
y cuando la música comienza
sobre la materia rebota el sonido que viaja por el aire
así escuchamos las diversas piezas de compositores y compositoras
de la música mexiquense
y en cada silencio, por la puerta,
entra arrebiatado y sin cuidado alguno
tropezando con todo, imponiéndose a las imágenes que la música
ha construido en nosotros, los sonidos de las calandrias motorizadas
sonidos que soplan con ferocidad desde una bocina impertinente
el mariachi loco quiere bailar quiere bailar el mariachi loco
y por segundos nuestro pensamiento se deslava con el son de la fiesta
que sacude el polvo revoloteado
de las calles de esta ciudad. Nuevamente
el cuarteto retoma y al cerrar los ojos mis sentidos se profundizan
y ya noto cómo el pizzicato que efectúan en sus cuerdas
viola violín y violonchelo
pisa y suelta las venas y articulaciones que bombean sangre
dentro y fuera de mi corazón.
Al abrir mis párpados
veo la mirada compungida de una adolescente
que se conmueve y reconforta con un abrazo dado
al cuerpo voluminoso de su madre. Esta es una terrible victoria. Esto
es lo que me hace ahora aplaudir. Y cuando salgo del Museo
veo que el fantasma de Ortiz Tirado ha poseído un cuerpo
en el extenso arte que hay en vida llamado actuación.
Y junto con otros hombres, un narrador y el mismo Agustín Lara
vestidos como solían vestirse los hombres del siglo pasado,
nos llevan por el centro de Álamos para recrear
con ayuda de la historia y sus fantasmas
cómo fue que este personaje
elevó con su canto un templo
para alivio de nuestro dolor. Un hombre
que para siempre en mi cabeza será una silueta con bata blanca
que corta y arregla los huesos de la espina dorsal de Frida Khalo
mientras canta con la fuerza del tenor.
Alfonso Ortiz Tirado.
El día es largo y requiere de descansos
así que tomo el mío y me siento a platicar con algunos citadinos
que me cuentan cómo
es preferible que la ciudad no se llene tanto
aunque entiendo, me dice un hombre con sombrero y bigote blanco,
que para quienes atienden el área de servicio, pues
entre más gente mejor.
Este festival no se va a llenar como en otros años
porque no vienen buenos músicos…
No, cómo no, todos son muy buenos músicos
me dicen dos señoras que atienden una fonda
y me lo dicen interrumpiéndose la opinión
bueno, sí dice la primera
son buenos, pero es música culta, pues
y a mí todo eso me vale madre
¡jajajaja! estalla en carcajada y la otra dice
Ve nomás
¡Pues sí! De todas maneras, yo ni puedo ir a ninguna parte
si todo el día me la paso aquí.
Reímos y muerdo mi taco del que caen coágulos de salsa y guacamole.
Salgo a ver cómo se pintan en la noche las estrellas sobre el cielo.
La Santa Cecilia ha llenado el callejón del templo
vestidos todos de azul
cantan por qué no han de saber que te amo, vida mía
mi cara se congela en su bolero
y me invade un placer que aturde mi registro de los hechos
hasta que de pronto
salgo de un sueño
y abro los ojos para encontrarme con la absoluta oscuridad
entre el lenguaje confuso de una voz que me obliga a encender la luz.
Estoy en mi habitación
y el insomnio me hace entonces salir de nuevo a las calles
2:34 am dice mi reloj
y solo encuentro a una pareja despatarrada bajo uno de los arcos
y dos compadres que expresan con violencia su amor
y yo camino viendo toda la basura alcohólica
que seguramente mañana habrá tenido su viaje al basurero
hielo seco latas y botellas
y camino entre los callejones
mirando hacia arriba, mirando
ese canal que construyen los muros de los edificios.
Sobre mi cabeza corre el cielo
un río de agua suficientemente clara como para ver
cómo es que nos alcanzan a destiempo la luz de algunos astros.



