En la carretera

29 de julio de 2025

Mi apá me echa lonche. A mis cuarenta y tantos, todavía cada mañana, antes de salir de casa, sobre la barra de la cocina, un bultito medio mal acomodado espera paciente mi pase por ahí. Yo, cual velocista en maratón lo recojo rápidamente y sin detenerme, planeo degustarlo en la hora del lonch, en el campo. Es austero, alcanza a advertirme mi viejo, en un intento por justificar que el sanhuich que me hizo hoy, no lleva casi nada.  Y ni falta que le hace. Abrir los dos triángulos que forman las mitades es un espectáculo. El hilo de queso que se estira de un pan al otro me indica la técnica: Primero chipileó los panes dorándolos en el comal. Una cuchara con mantequilla como pincel suave para acariciar apenas, casi nada, lo esponjadito. Por un lado, primero, luego por el otro. Cuando lo quemadito empieza a notarse en la superficie, sigue la embarradita de mayonesa. Luego, sobre el mismo comal el pan recibe la rebanada de jamón, la fina tajadita de queso blanco cubierto con la hoja de queso amarillo. Así todo junto. Para que se funda en uno solo en una especie de sincronizada casera.

Agarro carretera con el sabroso olor que inunda la cabina del carro. No me queda otra. Me lo como mucho antes de llegar siquiera al aeropuerto. Siempre me pasa eso con los lonches de mi apá. Y es que siempre ha tenido un toque especial en la cocina. Los burritos, las tortas, las quesadillas. El huevito estrellado. Además, siempre adereza lo que prepara con un “No manejes muy recio”, “No rebases a lo loco”, una pizca de “Mantén tu distancia del otro carro” y el ingrediente infaltable “Échales aire a las llantas de atrás, traes una baja”.

Y como no repetirme el mismo consejo todos los días. La Lily (mi hermana) y yo tenemos años recorriendo a diario la carretera a Bahía de Kino, menester para llegar a nuestros trabajos en empresas agrícolas. Las condiciones asfálticas, aunque nunca han sido ni medianamente aceptables, siempre había habido un huequito por donde sacarle la vuelta a la multitud de cráteres y baches en una suerte de videojuego en el que se sortea la vida peor que en el juego del calamar.

Las cifras son alarmantes: según el portal de Transparencia del Ayuntamiento, en los primeros tres meses del año se han registrado 457 accidentes automovilísticos. Este año la primera tragedia en dicha rúa ocurre a principios de marzo, a la altura del kilómetro 22, donde todos nos cimbramos por Raúl Abel, un ciclista que fue arrollado por un automovilista que no guardó su distancia.

La segunda sucede el viernes 27 de junio, a la altura del kilómetro 53. La escena era impresionante: dos autos se impactan de frente y pierden la vida Jesús, de 43 años, y su papá Teodoro de 75, mientras que en el hospital muere Janeth de 28.

Aun no dábamos crédito a los acontecimientos cuando el sábado 28 de junio muere Brayan Missael de apenas 26 años de edad camino a Punta Chueca y ese mismo fin de semana en el kilómetro 50, Brizeth Fernanda una agente de la policía municipal muere al chocar contra un caballo. A la ruta ya le dicen la carretera de la muerte. A ellos hay que nombrarlos en voz alta para que sus nombres no queden en cifras.

Son cientos las personas que viajamos a diario de Hermosillo al Poblado Miguel Alemán a las actividades económico-laborales que convergen en él y sus zonas agrícolas. Ingenieros de toda índole, personal del sector salud, obreros, funcionarios. A ello, habrá que sumarle la infinidad de visitantes que acuden a las playas de Bahía de Kino sobre todo en fin de semana. No imaginan como la afluencia vehicular crece en verano, en semana santa o cuando el Toño Astiazarán inaugura una obra u organiza algún festival.

Ciertamente los operativos de vigilancia, el de radar o el carrusel están haciendo lo que les corresponde, aunque eso no significa que realmente sean efectivos o meramente recaudatorios. Me conformo pensando que algo es algo y me lo repito como triste consuelo ante los terribles acontecimientos. Soy de la rara idea de que prevenir accidentes no sale tan caro para el erario público y más bien es cosa de echarle cabeza y creatividad al asunto, es decir: unos topes de cuatro carriles en el entronque con el ejido el triunfo, unos conos naranjas como aviso de reductor de velocidad en la pronunciada curva de la calle cuatro sur, señalamientos de advertencia de cruce peatonal y poblado próximo tal y como colocaron de la iniciativa civil, tal vez alguna unidad que patrulle el sector si no 24/7, por lo menos en los tiempos de mayor circulación y por ultimo y sobre todo, que tomen cartas en el asunto y no se echen la bolita unos a otros, diciendo que no les toca. Le corresponde a la federación, me dijo una vez el Toño en un evento, y aun así, estoy bacheando con recursos propios, mientras mi mente reproduce sin parar el video del Toño de las dos ocasiones en las que, siendo candidato, prometió mejorar esa carretera en un compromiso de campaña.

Ahora voy de regreso a Hermosillo. Sin esperanzas de que alguien se interesa genuinamente por nuestro transitar por acá. Sin esperanzas y sin lonche. Eso sí, con mucha hambre. Camino a casa decido hablar muy seriamente con mi papá. Y dejarle claro que me parece reprochable que todo el amor que le pone al lonche de en la mañana, nos provoca un desequilibrio en la merienda de la tarde. Que me parece una falta de compromiso. Que ya no vea ni la tele ni las noticias, porque no sé de donde está agarrando tan mal ejemplo.

 

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