Juan Villoro, en su conferencia magistral ante el Colegio Nacional sobre Pedro Páramo, de Juan Rulfo, habló sobre una idea que tengo rondando en la cabeza desde hace algún tiempo: la representación de la búsqueda y la travesía en la literatura. Esta afinidad personal con los conceptos está vinculada al lugar de donde soy: Hermosillo, Sonora. Siempre me ha parecido curioso y, en ocasiones, me ha ocasionado molestias —una molestia provinciana, sin duda— que los personajes de la literatura suelen huir a lugares como el que habito: el desierto.
En 2666, de Roberto Bolaño, unos académicos literarios viajan hacia un pueblo ficticio en Sonora en búsqueda de un escritor alemán perdido, y en Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy, los personajes se trasladan por el desierto en una espiral de violencia. Así, existen cientos de ejemplos en donde el norte de México y sus parajes sempiternos figuran como un lugar de desaparición y exilio.
El desierto, como figura metafórica, es el abandono, la soledad o la muerte, por lo que es comprensible la utilización del espacio para narrar historias de escape; pero no deja de brindarme inquietud su utilización como un lugar de fuga hacia mi lugar de origen. Lo que para la imaginación literaria es el vacío y el escape, en mi mente es el destino.
Para Villoro, en el desierto todo ocurre de manera excepcional. Es un territorio vacío, un lugar donde no hay nadie, pero, a la vez, considera que solamente alguien que entiende la aridez y la escasez comprende el valor de una planta y una flor, como lo hace Juan Rulfo. Esto que expone lo ejemplifica expresando de forma ilustrada que solamente un ruso como Stravinski, que conoce el dolor del frío, podría haber creado La consagración de la primavera.
La caracterización del norte de México, no solamente en la literatura, sino en la música y el cine, nos habla de un lugar de paso, asociado como un espacio de transición a un mejor lugar, un tipo de Aqueronte, el río por donde Caronte llevaba las almas hacia Hades. “En un camión pasajero / de esos que van pa’ Sonora / yo iba cansado con sueño”; la visita transfronteriza en la película Babel y la travesía de la cuidadora y los niños por el desierto son solo un cúmulo de ejemplos en donde el norte de México sigue sin ser un destino, solo una etapa transitoria.
No es un fenómeno exclusivo del arte. La economía fronteriza, desde el inicio de la vigencia del Tratado de Libre Comercio en 1994, inundó de maquilas la región, donde se ensamblan diversos productos o se fabrican piezas específicas para enviarse a otro país, en donde se terminará o se venderá esa mercancía; no solo el arte nos encasilla en ser un lugar de paso, sino el mismo neoliberalismo decidió que también lo éramos.
La realidad podría estar cambiando poco a poco. La escena musical actual en Sonora nos recuerda a lo que fue en su momento la avanzada regia y nos hace preguntarnos si tendremos una suerte de boom norteño en algún momento, y si existirá una resignificación de lo que es el norte: pasar de ser una estancia temporal hacia una de destino. Aquellos que habitamos el desierto sabemos que solo se necesita una gota de agua y esperanza para que reverdezca.



