El 26 de junio de 1811 la autoridad virreinal ejecutó por fusilamiento a José Mariano Jiménez, junto a Juan Aldama e Ignacio Allende, en la villa de Chihuahua. Su muerte aconteció pocas semanas antes de la del cura Hidalgo, lo que clausuró la primera etapa del movimiento independentista.
Nacido en San Luis Potosí un 18 de agosto de 1781, Jiménez destacó por un origen distinto al de la mayoría de los mandos rebeldes: estudió en el Real Colegio de Minería de la Ciudad de México y ejercía como perito minero en Guanajuato al estallar la insurrección en septiembre de 1810.
Su principal aporte inicial radicó en la logística y fundición de artillería. Jiménez empleó metales de la zona y campanas de iglesias para fabricar piezas de artillería con rigor técnico, lo que dotó al ejército insurgente de potencia de fuego rudimentaria pero efectiva.
En la Batalla del Monte de las Cruces (octubre de 1810), su dirección de la línea de cañones fue clave para replegar a las fuerzas realistas de Torcuato Trujillo, posicionando a las tropas de Hidalgo en las proximidades de la capital.

A finales de 1810 se le encomendó la campaña del noreste novohispano. A través de negociaciones y despliegue militar, logró incorporar pacíficamente ciudades de San Luis Potosí, Nuevo León y Coahuila a la causa insurgente.
La suerte del movimiento cambió tras la derrota en Puente de Calderón (enero de 1811). En su intento de repliegue hacia el norte para obtener pertrechos en la frontera, la comitiva fue traicionada y emboscada en las Norias de Baján el 21 de marzo de 1811.
Trasladado a Chihuahua, enfrentó un juicio militar sumario dictaminado por las autoridades coloniales, recibiendo la pena capital bajo los cargos de alta traición y rebelión armada contra la Corona española.
Tras su ejecución, su cuerpo fue decapitado y su cabeza trasladada a Guanajuato para ser colgada en la Alhóndiga de Granaditas como medida de escarmiento.




