Escogí el título de “Andares compartidos” para esta columna ya que, desde mi perspectiva, tiene una carga simbólica y poética muy profunda, especialmente en el trabajo que realizo desde hace más de quince años sobre el tema migratorio, en particular los procesos migratorios de niñas, niños y adolescentes por Sonora.
Antes de compartir lo que me evoca este título, les contaré de dónde surge mi interés por el tema y por sus actores. Viví catorce años en Estados Unidos. Conocí a hermanos migrantes connacionales, trabajadores, hombres y mujeres de todas las edades. Me conmovía cómo hablaban de su extrañamiento por sus familias: hijos, hijas, padres, que se habían quedado en México. Se me arrugó el estómago cuando una joven amiga, llamada Elena, comentó que tenía un par de años sin ver a sus dos pequeños hijos.
En el año 2003, mi familia y yo regresamos a Hermosillo a renovar nuestras visas de trabajo en el consulado. No nos la renovaron; dijeron que tenían que investigar. Tuvimos que inscribir a nuestro hijo de siete años en la escuela, buscar un lugar para vivir y conseguir trabajo. Nuestra hija tenía ocho meses de nacida. Recorrí todas las universidades de la ciudad, toqué puertas e insistí, pero nada: no encontraba trabajo.
Habían pasado tres meses cuando recibí una llamada del Consulado Americano: mi visa de trabajo había sido autorizada. No había otra opción más que irme. Dejé a mis hijos a cargo de su padre. Dejar a mis hijos, especialmente a Sofía, ha sido el dolor más grande que he sentido en mi vida. Amamanté por última vez a mi hija y partí. En el camión lloré, lloré todo el camino hacia mi nuevo lugar de trabajo por un año, en San Diego, California. De esta manera, Andares compartidos evoca, desde mi perspectiva, que nuestros pasos son distintos, pero el camino es compartido.
Esta columna, que inicia hoy, alude a los caminos físicos, emocionales, sociales y simbólicos que recorren las personas migrantes, compartidos en la colectividad, en la experiencia conjunta, donde se entrelazan la escucha, la solidaridad, los temores, las ganas de llorar. En esta columna compartiremos esos andares no desde la distancia, sino desde el involucramiento, porque el conocimiento no se construye en soledad.
Andares compartidos es una apuesta ética y política: no se trata sólo de hablar sobre los migrantes, sino de caminar con ellos. Es una forma de descolonizar el conocimiento y de comprometerse con la transformación social desde el vínculo humano.
Andares compartidos es también una necesidad de ponerle palabras a la tristeza, frustración y enojo colectivo que causa un solo hombre, quien hace del dolor y el castigo un espectáculo mundial.
Andares compartidos es una columna activa, que busca desafiar las maneras en que los medios tradicionales en México han narrado el tema de la migración: invisibilizando las voces, estigmatizando a la persona migrante, victimizándola, sin una perspectiva histórica, política, social ni colonial.
Andares compartidos es una contranarrativa crítica frente a las representaciones mediáticas de las personas migrantes. Es un espacio con voz.



