Arquitecto del aire y eterno paisajista: breve historia de la vida y obra de José María Velasco

26 de agosto de 2026

Antes de que México tuviera fotografías de sí mismo como nación, José María Velasco, inspirado en la geografía, montañas, volcanes, lagos y extensos horizontes, ayudó a construir imágenes perdurables en la memoria nacional y logró transformar la mirada del territorio mexicano.

Considerado el máximo representante del paisajismo mexicano del siglo XIX, José María Velasco nació el 6 de julio de 1840 en Temascalcingo, Estado de México. Cuando era niño se trasladó con su familia a la Ciudad de México, donde realizó sus primeros estudios y muy pronto mostraría una habilidad especial para el dibujo y una extraordinaria capacidad de observación. Esa inclinación lo llevó a continuar su formación hasta ingresar a la entonces Academia de San Carlos, uno de los principales centros de enseñanza artística del país.

Según su fe de bautismo, recibió los nombres José María Tranquilino Francisco de Jesús Velasco Gómez-Obregón.

El maestro que le enseñó a mirar el paisaje

En la Academia tuvo como maestros a figuras como Pelegrín Clavé y Manuel Carpio, pero la influencia determinante en su formación fue la del pintor italiano Eugenio Landesio. Contratado en 1855 como profesor de perspectiva y pintura de paisaje, Landesio estableció un exigente programa de estudios para quienes quisieran formarse en este género, que incluía materias como biología, geología, física y matemáticas. Años después, escribiría sobre Velasco el texto Datos interesantes para la historia del más aprovechado de mis discípulos, señor don José María Velasco, en el que señalaba:

«A los primeros días que estuvo en mi clase, advertí la grande disposición que tenía, la que iba acompañada de una grande dedicación, y desde luego concebí la esperanza que siguiendo así sería el que más honor diera a mi escuela, y no me equivoqué».

Su formación académica se complementó con un profundo interés por la observación científica de la naturaleza, que lo llevó a estudiar botánica, zoología y geología, y a participar en 1865, junto con Luis Coto, como dibujante en una expedición científica a Metlaltoyuca, Puebla, organizada para investigar un centro arqueológico totonaca descubierto ese año.


Un triunfo que cambió su destino

En 1860, José María Velasco participó en el concurso convocado por la Junta Directiva de San Carlos para ocupar una vacante en la pensión de pintura de paisaje y obtuvo, por decisión de los profesores de la Academia, una asignación mensual de 15 pesos gracias a su obra Patio del Ex Convento de San Agustín, una pintura realizada al natural que refleja las transformaciones del paisaje urbano provocadas por las Leyes de Reforma; posteriormente, elaboró una segunda versión de taller, en la que incorporó elementos idealizados, para la XII exposición de la Academia, celebrada en 1862.

Patio del ex convento de San Agustín (1860)

Dos años después, recibe un apoyo de 20 pesos para realizar durante tres semanas un viaje de estudio a Cuautitlán, Teoloyucan, Coyotepec, la laguna de Zumpango, Tepotzotlán y la Peña Encantada. Tras este viaje se crearían los paisajes al óleo Laderas de las montañas de Tepotzotlán y Peñascos de la Peña Encantada, así como la obra de tema prehispánico Xochitzin.

A partir de entonces, el paisaje se convirtió en el gran tema de su obra.

Velasco salió del salón de clases para transformar pictóricamente la naturaleza. Recorrió distintos puntos del Valle de México y estudió sus perspectivas desde cerros, caminos y poblaciones. Su propósito comprender el espacio ante sí y transformarlo en una auténtica composición artística.

El resultado fue una serie de cuadros en los que el territorio mexicano aparece inmenso, luminoso y lleno de profundidad.

En 1866, pinta La Alameda de México, considerada la obra más compleja y destacada de su etapa como estudiante, en la que retrata la Alameda Central durante el Segundo Imperio, mostrando a diversas clases sociales compartiendo el mismo espacio de recreo, incluida la emperatriz Carlota a caballo, acompañada por su comitiva.

La Alameda de México (1866)

El valle de México como protagonista

Quizá una de las grandes aportaciones de José María Velasco fue convertir al Valle de México en protagonista del arte plástico.

En sus obras, los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl dominan el horizonte, mientras lagos, pueblos, vegetación y caminos se extienden en primer plano. Sus panorámicas permiten apreciar un valle que hoy resulta, en muchos sentidos, irreconocible por el crecimiento urbano de la Ciudad de México.

Por eso, sus cuadros tienen también un enorme valor histórico. No sólo muestran la sensibilidad de un artista, sino que conservan la memoria visual de un territorio antes de las grandes transformaciones del siglo XX, al punto que desde la publicación del Diario Oficial del 8 de enero de 1943 se decretaron Monumentos históricos las obras plásticas de Velasco, debido al excepcional valor artístico que la Comisión de Monumentos del INAH otorga a la obra pictórica del pintor mexiquense. 

Entre sus obras más conocidas se encuentran sus distintas Vistas del Valle de México, así como escenas realizadas desde puntos como el Tepeyac y el Cerro de Santa Isabel. También pintó lugares como Teotihuacán y diversos paisajes del altiplano.

El Valle de México desde el cerro de Santa Isabel (1875). Cada cuadro era el resultado de una observación minuciosa. La distancia entre las montañas, la forma de las nubes, la vegetación y los efectos de la luz formaban parte de un trabajo cuidadoso que combinaba la sensibilidad artística con una mirada científica. 

Mucho más que un pintor de paisajes

La importancia de Velasco también está relacionada con el momento histórico en el que vivió. Durante el siglo XIX, tras los procesos independentistas en América, México buscaba construir una identidad después de décadas de guerra, cambios políticos e intervenciones extranjeras.

El paisaje se convirtió entonces en una forma de pensar la incipiente nación.

Durante la época la influencia predominante, ideológica y artísticamente, era el romanticismo, por lo que en otras disciplinas se recurría a episodios históricos o mitológicos para la exaltación de un pasado y un presente en construcción. En ese sentido, Velasco encontró en la geografía mexicana otro tema potencialmente capaz de expresar una identidad nacional. Sus volcanes, valles y horizontes mostraban que el territorio también podía ser parte de la historia y de la cultura, en sintonía con el acento romántico del siglo XIX.

Su pintura comenzó a ser reconocida dentro y fuera de México, y algunas de sus obras fueron presentadas en exposiciones internacionales, aplaudidas y laureadas.

Casa de Cultura «José María Velasco» en Temascalcingo, Estado de México.

El artista que pintó el aire

A José María Velasco se le ha relacionado con la idea de ser un “arquitecto del aire”, lo que demuestra uno de los rasgos más notables de su pintura: la capacidad para construir profundidad y atmósferas.

En sus cuadros, el aire parece tener volumen. Las montañas lejanas se desvanecen en tonos suaves, la luz modifica los colores del paisaje y el cielo ocupa un lugar fundamental en la composición.

Velasco entendió que el paisaje nunca permanece estático, pues la luz varía, las nubes se desplazan y la atmósfera transforma la apariencia de las cosas.

Su obra, por ello, se encuentra entre la precisión naturalista y una mirada profundamente poética.

Lago Chalco (1885)

Un legado que atravesó generaciones

José María Velasco murió el 26 de agosto de 1912, en su casa de la entonces Villa de Guadalupe Hidalgo, pocos años después de haber presenciado el inicio de la Revolución Mexicana. Fue sepultado en el panteón del Tepeyac.

Su muerte, definitivamente, ocurrió en un momento de transición para la historia del país y también para el arte mexicano. Las generaciones posteriores buscarían nuevos lenguajes y nuevas formas de representar la realidad, siempre cambiante.

Del porfirismo a la Revolución, David Alfaro Siqueiros (1964). Los muralistas del siglo XX, entre ellos Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, continuarían con la construcción de un nacionalismo pictórico. Sin embargo, la obra de Velasco permaneció como uno de los grandes antecedentes en la búsqueda de un arte profundamente vinculado con México.

Mirar de nuevo el país

Sus paisajes son hoy ventanas hacia un México que ha cambiado de manera radical. El Valle de México que aparece en sus lienzos tenía lagos más extensos, poblaciones separadas por campos y amplios espacios desde los cuales era posible contemplar los volcanes.

Contemplación del paisaje y reconocimiento de la historia son dos cosas que Velasco logró conjugar como pocas personas. Los retratos de montañas, lagos y volcanes son el retrato de una idea de México. Una idea determinante en el imaginario en construcción. 

Siguió pintando hasta el final de sus días, aunque en un formato más pequeño. Sus últimas obras eran del tamaño de una postal. Se dice que el 26 de agosto de 1912 tomó una de esas tarjetas de 9×14 centímetros, en las que recreaba al óleo lo que había en su imaginación. Según María Elena Altamirano Piolle, bisnieta de Velasco, «pintó el cielo por la mañana y murió por la tarde».

Estudio de nubes (1912)

Valle de México desde el molino del Rey.

Valle de México.

Cardón, Estado de Oaxaca (1887)

«El Gran Cometa de 1882», 1910.

Historia Previa

Farmacias del Bienestar iniciarán operaciones en septiembre

Siguiente Historia

Clima en Sonora: se prevén hasta 48°C y posibilidad de chubascos este miércoles

Últimas noticias

Ir HaciaArriba

Don't Miss