Luis Cernuda, el poeta español exiliado en México

5 de noviembre de 2024

Luis Cernuda (Sevilla, 1904 – Ciudad de México, 1963) fue un destacado poeta español de la Generación del 27. Su poesía, caracterizada por una sensibilidad melancólica y dolorosa, se enmarca en una corriente neorromántica similar a la de Gustavo Adolfo Bécquer, pero con una marcada actitud intelectual.

Cernuda estudió derecho en Sevilla bajo la tutela de Pedro Salinas, quien influyó en sus primeros pasos como poeta. En 1928, conoció a Emilio Prados y Manuel Altolaguirre en Málaga, y más tarde, en Madrid, entabló amistad con Vicente Aleixandre y Federico García Lorca, todos ellos miembros de la Generación del 27. A lo largo de su vida, impartió clases de español en universidades de Toulouse, Inglaterra y Estados Unidos.

Inicialmente inclinado hacia la soledad y el nihilismo, Cernuda evolucionó hacia una espiritualidad acogedora. Sus poemas “Atardecer en la catedral” y “La visita de Dios” reflejan esta transformación, pasando de una poesía pura a una afinidad con el surrealismo. Obras como “Perfil del aire” (1927) y “Égloga, elegía, oda” (1928) muestran su madurez poética, culminando en “Un río, un amor” (1929) y “Los placeres prohibidos” (1931).

Cernuda integró la tradición romántica europea en sus obras “Donde habite el olvido” (1934) e “Invocaciones” (1935). Su obra completa, publicada bajo el título “La realidad y el deseo” (1936), alcanzó su edición número cuarenta en 1964.

Tras la Guerra Civil Española, Cernuda se exilió y su poesía se volvió autobiográfica y reflexiva, influenciada por la poesía anglosajona. Residiendo en Gran Bretaña, Estados Unidos y México, publicó “Las nubes” (1940), “Como quien espera el alba” (1947), “Vivir sin estar viviendo” (1949), “Con las horas contadas” (1956) y “Desolación de la Quimera” (1962).

Octavio Paz destacó la profundidad de su obra, señalando que Cernuda exploraba la relación entre deseo y realidad. Además de poeta, Cernuda fue un notable prosista, con obras recopiladas en “Prosa completa” (1975), incluyendo “Variaciones sobre tema mexicano” (1952), “Ocnos” (1942) y “Estudios sobre poesía española contemporánea” (1953).

5 poemas para conmemorar al poeta

Si el hombre pudiera decir lo que ama

Si el hombre pudiera decir lo que ama,
si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
como una nube en la luz;
si como muros que se derrumban,
para saludar la verdad erguida en medio,
pudiera derrumbar su cuerpo,
dejando sólo la verdad de su amor,
la verdad de sí mismo,
que no se llama gloria, fortuna o ambición,
sino amor o deseo,
yo sería aquel que imaginaba;
aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
proclama ante los hombres la verdad ignorada,
la verdad de su amor verdadero.

Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;
alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina
por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu
como leños perdidos que el mar anega o levanta
libremente, con la libertad del amor,
la única libertad que me exalta,
la única libertad por que muero.

Tú justificas mi existencia:
si no te conozco, no he vivido;
si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.


Te quiero

Te lo he dicho con el viento,
Jugueteando tal un animalito en la arena
O iracundo como órgano tempestuoso;

Te lo he dicho con el sol,
Que dora desnudos cuerpos juveniles
Y sonríe en todas las cosas inocentes;

Te lo he dicho con las nubes,
Frentes melancólicas que sostienen el cielo,
Tristezas fugitivas;

Te lo he dicho con las plantas,
Leves criaturas transparentes
Que se cubren de rubor repentino;

Te lo he dicho con el agua,
Vida luminosa que vela un fondo de sombra;

Te lo he dicho con el miedo,
Te lo he dicho con la alegría,
Con el hastío, con las terribles palabras.

Pero así no me basta:
Más allá de la vida
Quiero decírtelo con la muerte;
Más allá del amor
Quiero decírtelo con el olvido.


No es el amor quien muere

No es el amor quien muere,
somos nosotros mismos.

Inocencia primera
Abolida en deseo,
Olvido de sí mismo en otro olvido,
Ramas entrelazadas,
¿Por qué vivir si desaparecéis un día?

Sólo vive quien mira
Siempre ante sí los ojos de su aurora,
Sólo vive quien besa
Aquel cuerpo de ángel que el amor levantara.

Fantasmas de la pena,
A lo lejos, los otros,
Los que ese amor perdieron,
Como un recuerdo en sueños,
Recorriendo las tumbas
Otro vacío estrechan.

Por allá van y gimen,
Muertos en pie, vidas tras de la piedra,
Golpeando la impotencia,
Arañando la sombra
Con inútil ternura.

No, no es el amor quien muere.


El viento y el alma

Con tal vehemencia el viento
viene del mar, que sus sones
elementales contagian
el silencio de la noche.

Solo en tu cama le escuchas
insistente en los cristales
tocar, llorando y llamando
como perdido sin nadie.

Mas no es él quien en desvelo
te tiene, sino otra fuerza
de que tu cuerpo es hoy cárcel,
fue viento libre, y recuerda.


Los marineros son las alas del amor

Los marineros son las alas del amor,
son los espejos del amor,
el mar les acompaña,
y sus ojos son rubios lo mismo que el amor
rubio es también, igual que son sus ojos.

La alegría vivaz que vierten en las venas
rubia es también,
idéntica a la piel que asoman;
no les dejéis marchar porque sonríen
como la libertad sonríe,
luz cegadora erguida sobre el mar.

Si un marinero es mar,
rubio mar amoroso cuya presencia es cántico,
no quiero la ciudad hecha de sueños grises;
quiero sólo ir al mar donde me anegue,
barca sin norte,
cuerpo sin norte hundirme en su luz rubia.

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