Brunito

22 de agosto de 2025

Así lo llamaba mi tía Chelo: Brunito, saca la basura, riega las matas, ve a la tienda, siéntate a comer. Y Brunito acataba con actitud diligente.

Era el menor de ocho hermanos: el pilón, el cachorro, el consentido. El mejor amigo, el más grande de los primos, la nobleza inconmensurable. A nadie dejaba sin galletas, para todos tenía la risa y lo que emanara de sus bolsillos locos-generosos.

Se partía el lomo cargado fierros, agarraba la raya y la repartía, de lo que le quedaba a veces se compraba una o dos mudas, de las cuales sin pensarla cambiaban de dueño. Una camisa, un pantalón. Las cervezas, la botana, los cigarros: todo para todos.

Los morritos lo seguíamos, invariablemente, al vado del río, porque era él quien orquestaba los partidos de béisbol, con todos los poderes dentro de un costal: guantes, pelotas, quechona, careta, bases. Y la paloma volaba desde sus batazos. Un día la mandó a guardar hasta los corrales de la cochera (donde criaban cochis), lo celebramos todos, le dimos de sopapos, jalones de greña y una que otra patada en el trasero. La felicidad y su reacción.

Por ahí anduvo el Brunito, con sus épocas de vacas gordas, nosotros de él favorecidos. A veces en su coche, una camioneta roja, la Cheyenne, automática, en los bulevares volándonos la greña. Eran pocos los que tenían, en ese tiempo, un coche para dar el rol. El Bruno lo tenía y era de todos: las más chilas rolas de Tropical del Bravo, el Tropicalísimo, Los comandos del oeste, Los Ases de Durango y un elenco de aquellos, un estero picudo y las bocinas al cien.

Un día metimos al álbum de los muertos a los padres del Brunito, la tía Chelo y el tío Manuel. Ya para ese entonces el primo contrajo nupcias y tuvo a su hijo el Chato, inseparable par de amigos, para adonde quiera juntos, siempre juntos. Y parecían un clon: el mismo paso, la misma mirada, los mismos gestos. Inseparables.

Los tiempos cambian. Un día topábamos al Brunito cruzando las avenidas, levantábamos la mano, le ofrecíamos un aventón y con humildad y una sonrisa puesta nos explicaba que “ya casi llego, aquí nomás voy a visitar a la Güera, mi hermana”. Y seguía su rumbo con ese mismo paso que respetaba las colillas de cigarros.

Luego de trabajar por años en la yarda de su papá, después en la de su hermano, Brunito emigró hacia Parques y Jardines del H. Ayuntamiento de Hermosillo, donde acumuló años y amigos. Puntual, comprometido, las rutinas bajo el sol le acompañaron junto al Chato, en su trajín cotidiano y laboral.

Brunito siempre en el barrio, en esa casa enorme donde en un tiempo el corral se vestía de árboles: uvalamas, guayabos, limoneros, naranjos, limas, ganadas. Una casa maravillosa que de a poco, al paso de los años, fue claudicando, cambiando de colores y el derrumbe de su techo. No obstante, Brunito estoico, el incentivo de su historia, la entraña de su familia, el lugar que lo vio nacer, en el barrio Las Pilas.

Hace un par de semanas, a través de una llamada del primo Toño, me enteré del deceso de Brunito, quien murió quizá por insolación, última hora de un infarto, porque así mueren los poetas, esos seres que van por la vida siendo la sencillez permanente. Pero dentro de su casa, ese lugar de la fraternidad perenne, el espacio que nos vio correr de niños, al lado de Brunito, allí donde para él y nosotros un día tras otro nos significó el paraíso.

¿Cuánto y cuántos te amamos y respetamos? Todo, todos.

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