Mientras buena parte de la conversación pública se concentra en el ruido de la relación bilateral, el 27 de mayo ocurrió en Palacio Nacional un hecho que conviene leer con calma. La Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana graduó a su primera generación de Agentes de Investigación e Inteligencia: 429 elementos y 34 mandos, casi medio millar de cuadros formados a lo largo de más de 1,200 horas de instrucción, seleccionados entre más de 50 mil aspirantes. La ceremonia la encabezó la Presidenta Claudia Sheinbaum, acompañada por el gabinete de seguridad.
El dato es importante. En cualquier doctrina de seguridad nacional, formar inteligencia propia es uno de los actos soberanos más profundos que un Estado puede ejecutar, y hacerlo justo en este momento en México tiene una lectura que merece la pena sacar a flote.
La inteligencia no como en el espionaje de las películas: es un ciclo. Recolectar información, procesarla, analizarla, convertirla en decisiones y proteger ese proceso de la intromisión ajena e incluso, de la extranjera. Quien domina ese ciclo, tiene capacidad de operación y dominio sobre la seguridad. Quien lo subcontrata, obedece y se somete. Durante décadas, la cooperación en seguridad con el exterior se construyó sobre un hecho incómodo: la información fluía hacia el norte y regresaba dosificada, condicionada, a veces utilizada como instrumento de presión política. Profesionalizar un cuerpo de analistas e investigadores —con perfiles de DEFENSA y la MARINA integrados a la misma doctrina— es dar pasos para que esa dependencia se atienda de raíz.
Un Estado que produce su propia inteligencia, que conoce su territorio mejor que cualquier agencia extranjera y que puede mostrar resultados, le retira al exterior el argumento más peligroso de todos —aquel que sostiene que México «no puede» y que, por tanto, alguien más tendría que venir a encargarse. Cada generación de agentes formada en casa es, en términos geopolíticos, una respuesta a esa narrativa falsaria.
La relación con Estados Unidos es, y seguirá siendo, indispensable: compartimos la frontera más transitada del planeta, cadenas productivas integradas y amenazas que ninguno de los dos países puede enfrentar solo. El tráfico de drogas hacia el norte y el flujo de armas hacia el sur son las dos caras de un mismo fenómeno, y ese carácter compartido obliga a la corresponsabilidad. La cooperación es necesaria y la coordinación es deseable.
La distinción que México ha venido sosteniendo, está entre cooperar y subordinarse. Colaborar entre iguales supone intercambio de información, operativos coordinados y objetivos comunes. La tutela o el protectorado suponen en cambio, que uno fija la agenda y el otro la obedece. La diferencia entre ambas cosas se decide en función de la capacidad instalada. Un país sin inteligencia propia coopera desde la debilidad. Un país que forma a sus propios cuadros coopera desde una posición de respeto y fuerza.
Cuando la Presidenta reitera que cualquier colaboración debe darse con pleno respeto a la integridad territorial y a la decisión soberana del Estado mexicano está describiendo una condición que se ha venido construyendo desde las propias capacidades de México de defender la integridad territorial propia desde adentro, sin depender de dictados externos.
500 nuevos analistas es un comienzo para construir nuevas capacidades soberanas dentro de la cooperación con nuestro socio del norte que solo es posible dentro de un marco de respeto. Estos nuevos analistas son la manifestación de lo que el Estado mexicano expresa a través de su gobierno: la seguridad nacional mexicana es potestad del pueblo de México y de nadie más.



