Casi cualquier persona que tenga de pasatiempo la astronomía ha soñado con tener su nombre asociado a algún fenómeno celeste. La imagen romántica de una persona mirando directamente por el telescopio de un observatorio, soportando noches en vela, bebiendo cantidades insanas de café, tomando anotaciones y buscando algo que nadie más ha visto por primera vez es parte de los atractivos de esta disciplina. Sin embargo, hacer un descubrimiento importante actualmente implica largos años de estudio, un alto grado de especialización, buenas ideas, acceso a recursos de financiamiento o de infraestructura y un poco de suerte. Con el avance de la tecnología y de la automatización en las observaciones se está compitiendo no sólo contra otras personas, también con telescopios robóticos que no se cansan y pueden mirar al cielo todas las noches sin pestañar.
Aunque actualmente sea muy difícil descubrir objetos o fenómenos de esta forma, la idea de observar el cielo durante toda la noche buscando algo que nadie más ha visto sigue siendo atractiva y no está muy alejada de la realidad que se vivía en la astronomía de hace un par de siglos. En los años que se vivieron entre la invención del telescopio y el desarrollo de la fotografía, la única forma para hacer descubrimientos astronómicos era observar directamente el cielo a través del telescopio y registrar lo que se observaba a simple vista de forma cuidadosa. En algunas ocasiones, como en el caso de las primeras observaciones de Galileo Galilei, era necesario hacer diagramas de los objetos o dibujos de lo que se miraba para tratar de estudiar y catalogar lo observado por el telescopio.
Uno de los casos más curiosos de la historia de la astronomía es el de Charles Messier; astrónomo frances del siglo XVIII que dedicó gran parte de su vida a cazar cometas y que se reconoce por su catálogo de objetos difusos conocido como el Catálogo Messier. A los catorce años tuvo la oportunidad de observar el gran cometa de seis colas del año 1744, evento que lo marcaría para toda su vida y lo encaminaría a descubrir trece cometas entre los años de 1760 y 1798. Su trabajo como cazador de cometas le valió el apodo de “Hurón de los cometas” por parte del rey Luis XV y fue un notable miembro de la Academia Francesa de Ciencias. Cualquiera que haya vivido a la par de Messier en aquellos años habría afirmado que su legado estaba asegurado en las estrellas con tan notables descubrimientos.
Charles Messier se enfrentó a la complicación de encontrar objetos difusos en el cielo que parecían cometas a primera vista pero que no lo eran. No semovían pero no eran estrellas, no eran cometas pero se veían difusos, eran pequeñas nubes luminosas llamadas “nebulosas” que para el ojo inexperto (o emocionado) podían parecer cometas y fácilmente podían ser reportadas como tales. Actualmente sabemos que los cometas son bolas de nieve sucias que viajan desde las afueras del Sistema Solar hacia el interior del mismo y que el Sol con su luz y calor produce aumentos de temperatura en la superficie de estos objetos; el hielo que contienen pasa de estado sólido a gaseoso de forma rápida en un proceso conocidio como “sublimación” y produce la característica cola de gas y polvo tan emblemática de los cometas. Al estar lejos del Sol este gas se ve como una pequeña nube brillante a través de un telescopio. Para confirmarlo como un cometa es necesario hacer observaciones continuas a lo largo de varias noches para comprobar que el objeto se mueve en el cielo.
Messier se dio cuenta que algunos objetos que observaba por su telescopio, un modesto telescopio de 10 cm de diámetro, se veían como objetos difusos pero que no se movían respecto de las estrellas fijas. Algunos otros astrónomos de su época ya habían reportado estos objetos y para hacer más ágiles sus observaciones Charles Messier decidió hacer un catálogo con sus posiciones para no equivocarse y confundirlos. En el año de 1771 publica su primer catálogo de 45 objetos difusos que podían ser confundidos con cometas. Este catálogo no estaba numerado, no había categorías internas ni buscaba clasificar o estudiar a las nebulosas observadas. Sólo era un catálogo para evitar confusiones. Alrededor de diez años más tarde, Messier hace la última publicación de su catálogo con 103 objetos difusos.
De manera póstuma se agregaron objetos al catálogo de Messier utilizando notas y observaciones que hizo en vida de forma que el catálogo actual cuenta con 110 objetos. Sin proponérselo, Charles Messier hizo el catálogo de los objetos más brillantes y espectaculares que se pueden observar con un telescopio pequeño desde el hemisferio norte. Los objetos incluyen galaxias, nebulosas planetarias, cúmulos abiertos y cerrados, remanentes de super nova y nubes difusas donde están naciendo estrellas. Con la inclusión de la fotografía a las observaciones astronómicas se lograron identificar estos objetos, estudiarlos y catalogarlos con cuidado.
El Catálogo Messier es usado actualmente por la comunidad de astronomía de aficionados como guía para encontrar objetos brillantes y espectaculares. La gran diversidad de objetos permite identificar rápidamente las diferencias entre un cúmulo de estrellas y una galaxia admeás de permitir estudiar de forma directa distintos tipos de fenómenos astronómicos con ejemplos fáciles de observar y analizar. La astronomía, como todas las ciencias, tiene una historia valiosa y útil. Con las herramientas tecnológicas actuales es muy fácil seguir los pasos de estos brillantes individuos y aprender en poco tiempo lecciones que les llevó una vida. En el caso del Catálogo Messier podemos decir que su valor es histórico y artístico y aunque son objetos brillantes y muy bellos, el valor del catálogo también está en darnos cuenta que a veces aquello que estamos ignorando también es importante.



