Fuerzas de EU e Israel derriban a Alí Jameneí

2 de marzo de 2026

El fallecimiento del ayatolá Alí Jameneí a los 86 años marca el fin de una era de más de tres décadas en la que la República Islámica de Irán se consolidó como una potencia regional bajo una doctrina de confrontación inquebrantable.

El deceso ocurrió este sábado durante una intensa campaña militar conjunta lanzada por Estados Unidos e Israel, una operación que el presidente Donald Trump calificó como el final de «una de las personas más malvadas de la historia». La confirmación posterior por parte de los medios estatales iraníes validó el anuncio que el mandatario estadounidense realizó a través de su plataforma Truth Social, confirmando así la caída del máximo jerarca del régimen teocrático.

La desaparición de Jameneí se produce tras semanas de una creciente presión militar estadounidense en Medio Oriente, donde la administración Trump exigió el cese inmediato del programa nuclear iraní y la imposición de límites estrictos a su desarrollo de misiles balísticos.

Al consumarse el ataque, el presidente de Estados Unidos instó directamente a la población iraní a tomar las riendas de su propio gobierno, aprovechando el vacío de poder generado por la muerte del hombre que, como segundo líder supremo desde la revolución de 1979, logró cimentar y expandir las políticas de línea dura mucho más allá de lo que alcanzó su fundador, el ayatolá Ruhollah Jomeini.

Gobierno de Jameneí

A nivel interno, Jameneí gobernó con una estructura de hierro que no admitía matices ni reformas moderadas, calificando cualquier exigencia ciudadana de cambio como una «sedición» orquestada por potencias occidentales. Su mandato se sostuvo mediante la expansión del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, una fuerza de élite que utilizó su ala de inteligencia como una herramienta sistemática de represión para anular la disidencia a través de detenciones y ejecuciones. Esta política de control absoluto le permitió mantener la cohesión ideológica del país mientras proyectaba su influencia hacia el exterior, financiando y armando a milicias aliadas en regiones clave como Gaza, Irak, Líbano y Yemen.

El legado de Jameneí queda definido por un odio hacia Estados Unidos e Israel, naciones a las que se refería despectivamente como «el gran Satán» y un «tumor canceroso que debe ser extirpado», respectivamente. A pesar de su retórica incendiaria, durante la mayor parte de su liderazgo evitó una confrontación militar directa y abierta con ambos países, prefiriendo la guerra de desgaste y el uso de actores subsidiarios para desafiar la hegemonía regional.

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