Acaso lo más trascendente de la semana de la Asamblea General de la ONU suceda fuera de Naciones Unidas. El miércoles, después de dirigirse al plenario de la asamblea, el presidente de Ucrania, Volodimir Zelenski, viaja a Washington para reunirse con el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, y con los dos candidatos a sucederle: la vicepresidenta, Kamala Harris, y el ex presidente, Donald Trump.
Pero antes, Zelenski ha hecho algo que hasta ahora había evitado cuidadosamente: alinearse con Joe Biden y Kamala Harris. El lunes, lo hizo de una manera simbólica, pero no explícita. En su primer día en Estados Unidos, el presidente ucraniano viajó al pueblo de Biden, Scranton, en el estado de Pennsylvania, para visitar una fábrica de la empresa General Dynamics—la misma que es dueña de la española Santa Bárbara—en la que se fabrican obuses de 155 milímetros, muchos de los cuales van a Ucrania.
El significado del viaje del presidente ucraniano a Scranton es enorme. Por un lado, Zelenski afirma algo que el Gobierno de Biden nunca ha sido capaz de explicar bien a la opinión pública: ayudar militarmente a Ucrania genera empleos y actividad económica, porque las armas que van a ese país o son producidas en Estados Unidos, o proceden de los arsenales de ese país, en cuyo caso deben ser reemplazadas con otros equipos nuevos que también han de ser fabricados.
Pero que la visita de Zelenski fuera precisamente a Scranton es una cuestión con impacto electoral. Pennsylvania es un estado que Harris necesita ganar el 5 de noviembre. Y es en las zonas rurales y en las áreas industriales donde Donald Trump tiene más popularidad. Eso significa que Scranton es parte de ese campo de batalla. La visita de Zelenski a ese pueblo es, así, un recordatorio de que la política exterior y de defensa de Biden -y, por extensión, de Harris-ayuda a la economía de la región.
No acaba ahí, sin embargo, el posicionamiento político de Zelenski. El lunes, en una entrevista publicada por el semanario New Yorker, el presidente ucraniano criticaba durísimamente a JD Vance, el candidato republicano a vicepresidente. «Demasiado radical» era uno de los epítetos que dedicaba Zelenski al compañero de campaña de Donald Trump. El dirigente ucraniano calificaba de «inaceptable» la idea de Vance, explicada recientemente en una entrevista televisada, de una paz para Ucrania que consistiría en permitir a Vladimir Putin mantener todo el territorio que ha ocupado de su vecino y además no permitir a Ucrania entrar en la OTAN y, posiblemente, tampoco en la Unión Europea.
El plan de paz de Vance es prácticamente indistinguible del de Putin, lo que posiblemente explique la irritación del presidente de Ucrania. De hecho, en la entrevista, Zelenski recurre al sarcasmo cuando dice que «a ver si el señor Vance lee un poco de historia de la Segunda Guerra Mundial, cuando un país fue obligado a dar parte de su territorio a una persona en concreto. ¿Qué hizo ese hombre en particular ¿se dio por satisfecho? ¿O lanzó un golpe devastador al continente de Europa, un golpe devastador a muchas naciones y especialmente a la nación judía?».
Con semejante carta de presentación, está claro que puede que la reunión de Zelenski con Donald Trump, que no tiene todavía fecha fija, no acabe celebrándose esta semana, máxime si se tiene en cuenta que el candidato republicano suele profesar su admiración por Vladimir Putin, y ha insultado al presidente ucraniano en varias ocasiones. Trump ha insistido en múltiples ocasiones en que terminará con la guerra «en 24 horas», incluso «antes de tomar posesión del cargo [de presidente]». Zelenski, sin embargo, no se lo cree. «Mi impresión es que Trump no sabe cómo acabar con la guerra aunque cree que sí», explica.
Su encuentro con Trump tendría el mismo contenido que va a tener el jueves en Washington con Biden, primero, y con Harris, después: el plan del Gobierno de Ucrania para acabar con la guerra. Nadie sabe en qué consiste el proyecto, aunque parece muy probable que incluya más ayuda militar occidental, más libertad para que Ucrania pueda emplearla dentro del territorio ruso -especialmente en lo referente a misiles y cazabombarderos- y una estrategia basada en golpear con una creciente dureza la retaguardia rusa, tal y como quedó la semana pasada claro con la voladura de dos enormes arsenales situados dentro del territorio de Rusia.
Pero la opinión generalizada es que eso es solo una pantalla de humo para generar la impresión de que Ucrania tiene algo que decir en su futuro. El final de la guerra -si es que eso es posible- será decidido por el presidente y el Congreso que salgan de las próximas elecciones del 5 de noviembre.
Y ahí, Zelenski y los 41 millones de ciudadanos de Ucrania se la juegan tanto o más que en el frente. Nadie en Estados Unidos está dispuesto a arriesgar su carrera política por el futuro de Ucrania. La idea de «defender la democracia» que tanto Joe Biden, como Kamala Harris han utilizado repetidamente, apenas tiene tirón entre la opinión pública. Pero la candidata demócrata tiene, sin embargo, a su lado a quien probablemente sea el alto cargo más favorable a Ucrania en Estados Unidos en este momento: su director de seguridad nacional, Philip Gordon, lo que insinúa que, si la vicepresidenta gana, el conflicto seguirá de manera similar a como lo ha hecho hasta ahora.
Acaso sea esa la razón por la que se les ha abandonado su proverbial discreción y ha atacado a Vance mientras visitaba el campo de batalla electoral, del 5 de noviembre, apoyando indirectamente al Partido Demócrata. Es posible que Kiev haya llegado a la conclusión de que si Trump gana, no le quedan esperanzas para seguir resistiendo y que, por tanto, apoyar a Harris, es una solución, racional, aunque desesperada.
Zelenski es consciente además de que la situación en Europa es todavía peor. A medida que Alemania se ha ido quedando sin el gas que le vendía Rusia a un precio secreto pero muy inferior al del mercado (algunos expertos cifran el descuento hasta del 60%), la otrora imparable locomotora alemana se está frenando. El segundo mayor fabricante de automóviles del mundo, Volkswagen, ha caído en una grave crisis y el canciller Olaf Scholz ha tenido que recurrir al proteccionismo más cerril para evitar que el banco italiano Unicredito se hiciera con el control de la mayor entidad germana, el Commerzbank.
Entretanto, Emmanuel Macron ha estado durante meses desconectado de la política exterior mientras trataba de salvar su Presidencia, aunque ahora esté volviendo de nuevo la mirada a Ucrania. Aunque la mayor parte de los vecinos de Ucrania—los países bálticos, Polonia o República Checa— mantienen su ayuda a ese país frente a la invasión rusa, su peso diplomático es insuficiente, para frenar una paz impuesta por Estados Unidos y apoyada por Alemania. Zelenski, así pues, sabe que el futuro de su país está en juego en este otoño. Eso sí, lo que suceda se decidirá fuera de la ONU.
El Mundo



