El Sonora que las niñas y niños merecen

15 de julio de 2025

Con mucho entusiasmo, comparto la ponencia con la que tuve la oportunidad de participar en el primer foro “El Sonora que las Niñas y los Niños se Merecen”, un espacio creado con el objetivo de reflexionar y dialogar sobre la situación actual de las infancias en la entidad, así como de generar propuestas que promuevan su bienestar integral, convocado por el Congreso de Sonora, a través de las comisiones de Parlamento Abierto y Procedencia Legislativa, y de Derechos de las Niñez, Adolescencia y Juventud. Gracias infinitas a las Diputadas Gabriela Félix y Deni Gastelum por confiar en mi óptica sobre la situación de las infancias en prisión y en la espera de trabajar sobre lo recabado en este viaje de tres sedes que sin duda nos dejaron huella.

Martiza llegó al femenil con seis meses de embarazo. Acusada de posesión con fines de venta y condenada a once años de prisión. A los meses nació Alberto. Rubio, con el pelo rizado, muy bonito. Igualito a la mamá. Desde muy pequeñito Alberto empezó a hablar y a caminar. Imagínenlo, rodeado de casi trescientas mujeres que le enseñaban cosas nuevas todos los días. Dibujaba, y sabia los números y las vocales. Muy pronto aprendió el argot penitenciario. Las claves de los radios de las celadoras y los nombres de todas las internas con todo y apodos. Se sabía de memoria el pase de lista, en el que- a manera de juego- él también era incluido para que gritara “presente”. Sabía perfecto los nombres de treinta celadoras, del director, de guardias y la coordinadora. Sabia quien andaba con quien, donde trabajaba cada cual, de quien era la familia que venía a visita y quien no recibía a nadie. Sabia el menú de la cocina a la que se le llama “la yegua” e incluso el también hacia fila con su platito a la hora de la comida.

De pronto un día, pasa que la Martiza se enamora de un chico del varonil que trabaja en la cocina. Se hablaban por teléfono diario. Se carteaban una vez la semana, sobre todo los miércoles que a él le tocaba venir a entregar el carrito de la Yegua. Hasta ese día en que la dinámica de cada semana ya no funcionó. Maritza lanzó la carta a los pies del enamorado buscando que este fingiera atarse las cintas de los tenis y recogerla despistadamente. Esta vez, la celadora alcanzó a verlos e interceptó la carta. Después de burlarse de las palabras de amor que estos dos se dedicaban en aquellas líneas, la oficial da parte a comandancia y empieza el debate por las medidas a tomar. Que, si la Maritza ya tiene rato haciendo eso, que nunca hace caso, que hay que castigarla un mes barriendo la cancha. Que cuando pase el castigo volverá a lo mismo. Hasta que la jefa de celadoras contundente ordena: Hay que darle en lo que más le duela. Para que aprenda. Sáquenle al niño

Y así una tarde, Martiza y las compañeras de Celda, le empacaron a Alberto su ropa y algunos juguetes. Las casi trescientas mujeres algunas entre lágrimas salimos a despedirlo. La carita del niño era de confusión total. Era imposible para el a sus dos años entender que estaba ocurriendo. Su papá estaba afuera para recibirlo. Sin saber si iba a poder cuidarlo junto a los otros tres hermanos mayores que tampoco estaban preparado para vivir con él.
Alberto se enfrentó – sin preparación y sin deberla ni temerla- a una realidad que jamás había conocido, al ruido de los carros, a los edificios, al movimiento de la ciudad. Cuentan, que salió vomitando. Volvió a visita como al mes y medio. Se veía más moreno. Y como triste, huraño. Con un chichón en la frente y un diente despostillado. Venía con el pelo al rape, porque también se les empiojó y con un peso muy por debajo de su peso normal. 

Ésta es la historia de Alberto. Y una muestra de la falta de protocolos y empatía para cuando surge la necesidad de enviar a un niño al exterior. 

Pero en la cárcel también están otros niños y niñas, con otras historias:

Está Axel, quien acompañó a su mamá en reclusión hasta los tres años, con condición autista. Está Salma, que pertenecía a una etnia rarámuri y ni siquiera hablaba nuestro idioma. Katia, que nació con ansiedad y el síndrome de abstinencia debido a que su mamá consumió cristal absolutamente todo el embrazo.

Ciertamente a la distancia de todos estos hechos, se han dado grandes cambios. Hoy los niños y niñas en reclusión cuentan por lo menos en Sonora con un espacio destinado para el área maternal. Y aunque es evidente que la cárcel no es el mejor lugar para ellos y ellas, si sabemos de la importancia de la crianza materna por lo menos los primeros años de vida tal y como lo señala la Ley Nacional de ejecución penal.

Actualmente, solo en el área femenil de Hermosillo, viven dos niñas y dos niños de meses de nacido hasta los dos años. En Cd. Obregón, tenemos una niña recién nacida en diciembre. Ellos cuentan con servicios médicos y de nutrición y desarrollo, tienen: educación inicial y estimulación temprana. Y una evaluación del desarrollo por parte del área de psicología, así como actividad física y motricidad gruesa supervisada por el personal del área de deportes. 

Y aunque estos esfuerzos son meritorios, el personal que los brinda es el mismo que atiende a la población penitenciaria, no se cuenta con personal especializado como pediatras o nutriólogos infantiles, si no por el contrario son los mismos que atienden a todo el Centro Penitenciario en su totalidad.

Sin embargo, y aunque la ley lo mandate, los argumentos para evadirla son muchos: la falta de presupuesto, la falta de continuidad, la falta de permanencia, la falta de espacios. Y con esto, pueden justificar la falta de interés en buscar y/o construir las estructuras y realizar las gestiones necesarias.

Si bien es cierto que la ley establece y ordena que los niños puedan estar con sus madres hasta los tres años, no es descriptiva o especifica en cuanto a otros escenarios:


¿Cómo debe ser no solo la permanencia de los y las niñas, sino también la salida al momento de que cumplan los tres años?

¿qué protocolo seguir con él o la menor cuando se deba sancionar a la madre?

¿qué pasa con él o la menor en caso de que la madre sea sancionada en el área de aislamiento?

¿qué ocurre con el o la menor cuando la mamá tiene que ser trasladada a otro penal por cuestiones de conducta?

¿Qué ocurre si el menor tiene que salir de urgencia por atención medica inmediata y no tiene familiares que lo acompañen en el exterior?

Casi siempre las respuestas dependen del criterio de quien esté en turno.

Aquí caben también todos aquellos niños y niñas que, aunque no viven en prisión son hijos e hijas de madres compurgando una condena. Como los que están resguardados por alguna institución y se trasladan una vez a la semana acompañados por personal, por ejemplo, de unacari quien los entrega en la puerta a una celadora que, a su vez los lleva a ver a su mamá por unas horas. También sin un protocolo definido de traslado y sin la certeza de que el personal de ambas instituciones está lo suficientemente capacitado para el cuidado y la protección integral de las y los menores. 

El universo de niñas y niños vulnerados por las condiciones de prisión de las madres se amplía si mencionamos también a los y las que quedan bajo el cuidado de los abuelos, de la comadre, de una vecina.  Son niños y niñas que son discriminados en su entorno. Entre los amigos. Y entre los compañeritos de clase. Ya algunas veces he contado como Sylvana, mi hija, cuando tenía seis, fue acusada de robo de un sacapuntas en su salón. Bajo el argumento de que era obvio que ella robaba, porque su mamá estaba en la cárcel. Aunque a los minutos dicho sacapuntas fue encontrado en la misma mochila del dueño. 

Es claro que nuestros niños y niñas tienen una fortaleza que no puede ser más que motivadora. Y que los esfuerzos del SIEP por mejorar las condiciones de estancia y calidad de vida de los y las menores es hasta donde humanamente les es posible, claro, a los interesados.

En los casi quince años que compurgué en prisión, no vi alguna institución interesada en apoyar los incipientes esfuerzos de uno que otro. Lejos de ir a tomarse la foto en el evento del día del niño no vi más que acercamientos por parte de algunas autoridades para alimentar sus propias plataformas, o como se dice coloquialmente: jalar agua para su molino.

Fui testigo de coordinadoras, trabajadoras sociales e incluso algunos coordinadores del sistema sensibles al respecto luchando “solos” en proyectos que no se concretaron, que dejaron de hacerse y /o que, ante la falta de una manual, un protocolo o siquiera una circular que lo avalara, quedaron en el olvido.

En los meses que formé parte del Observatorio para las personas privadas de la libertad de la Comisión Estatal de Derechos Humanos, tampoco vi programas enfocados en los niños y niñas que viven tras las rejas acompañando a sus padres. Ni siquiera un acercamiento por parte del titular o de alguno los tres funcionarios que vi desfilar en la visitaduría especializada en Personas privadas de la libertad y sus familias. Ni en aquel entonces, ni ahora que anuncian con bombo y platillo en redes sociales y medios de comunicación una celebración que incluye solo a los niños que son “libres”.

 

Que los encargados de tomar las decisiones cruciales en este rubro seanhombres también coloca una pared de ignorancia, poca empatía y prioridades desordenadas frente a esta situación. A pesar de la ordenanza de la Ley de Ejecución Penal, de los estudios de la
OMS y la infinidad de tratados internacionales que avalan todas estas necesidades.

Entonces se vuelve urgente sensibilizar y capacitar al personal penitenciario, particularmente las oficiales de seguridad, sobre los derechos y los protocolos mínimos para el trato de los niños y las niñas en prisión, aunque claro, antes de pensar en formar al personal es menester detenerse en la falta de este, problema medular desde hace tiempo en esta institución ya sea por la falta de homologación de sueldos con otras dependencias de seguridad o la falta de formación y cultura de vocación penitenciaria. 

Por lo tanto, es indiscutible que se debe construir un programa donde participen todas las voces precisas:

Especialistas en derecho penitenciario, en derechos humanos, médicos, educadores, trabajadores sociales y especialistas en psicología interesados genuinamente en el bien supremo de los niños y las niñas y no solo en la foto, la cifra rimbombante o el reflector. De tal manera que,independientemente de los titulares en turno de cada institución, los niños y niñas que viven al interior de las prisiones cuenten con una calidad de vida “blindada” ante todas las distintas posibilidades y situaciones, pero sobre todo al cambio de sexenio, y con esto garantizarles una calidad de vida libre de violencia, un entorno estable y la igualdad de oportunidades de desarrollo que merecen igual que las niñas y los niños que son libres. Que no haya másAlbertos tristes, viviendo un SONORA que no merecen.

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