Inclusión Escolar en preescolar

3 de diciembre de 2025

Autora invitada: Leticia Ortega Martínez, Ciudad Juárez, Chihuahua. Colaboradora del Seminario Niñez Migrante.

La escuela es el primer espejo social donde los niños comienzan a descubrir el mundo más allá de su casa. En el aula se encuentran historias que vienen de distintos rincones: realidades económicas diversas, formas distintas de criar, temperamentos únicos, miedos, curiosidades. En preescolar, ese encuentro es todavía más intenso porque los niños están aprendiendo a poner nombre a lo que sienten, a expresarse y a convivir sin que nadie les haya explicado del todo cómo se hace.

Frente a esta complejidad, la tarea docente parece sencilla en papel, pero en la práctica tiene un peso inmenso: lograr que cada niño se sienta visto, querido e incluido. Y, sin embargo, esa inclusión que tanto pregonamos suele ser lo primero que se sacrifica cuando el ritmo escolar aprieta.

Durante un ciclo escolar, al observar a mi grupo, entendí que no todos llegan a la escuela con las mismas herramientas emocionales. Algunos niños se escondían detrás de sus manos cuando hablaban, otros solucionaban conflictos a golpes, y varios preferían mantenerse al margen de las actividades. Esa diversidad, lejos de ser una dificultad, se convirtió en una invitación: ¿cómo hacer que todos se sintieran parte sin obligarlos a encajar?

La respuesta comenzó con pequeños gestos. Reacomodé las mesas mezclando niños de primero y segundo; pronto, los mayores tomaron el rol de acompañantes naturales de los más pequeños. Ellos explicaban, guiaban, apoyaban. Lo que surgió espontáneamente como cooperación terminó fortaleciendo el lenguaje, la autonomía y el sentido de pertenencia.

Luego vinieron los cuentos diarios. Historias sobre emociones, enojos, reconciliaciones. Al analizarlas juntos, los niños empezaron a encontrar palabras nuevas para lo que antes resolvían con silencios o golpes. Y sucedió algo hermoso: comenzaron a preguntarse entre ellos “¿qué harías tú?” antes de reaccionar.

Tal vez lo más simbólico fue la llegada de “Monkey”, un mono de peluche que, sin quererlo, se volvió mediador emocional. Monkey no solo los acompañaba: era el amigo al que no querían lastimar, el confidente al que le contaban lo que a veces no le decían al adulto. A través de él, la empatía floreció casi sin darnos cuenta.

También se implementaron estaciones para los alumnos que terminaban antes: rompecabezas, tangram, geoplanos, cuentos. Más que distraer, estas estaciones les enseñaron autonomía, paciencia y orgullo por aprender sin depender del adulto.

Lo sorprendente fue que, tras unos meses, el grupo ya no parecía el mismo: los niños hablaban más, negociaban mejor y empezaron a crear vínculos sanos entre ellos. La inclusión dejó de ser un concepto para convertirse en una manera de estar juntos.

Pero el verdadero impacto apareció al año siguiente, cuando llegaron nuevos compañeros. La diferencia fue inmediata: los niños que habían vivido este proceso recibieron a los recién llegados con una naturalidad conmovedora. No hubo burlas, no hubo exclusión; hubo invitaciones, explicaciones, manos extendidas. La cultura del cuidado ya estaba sembrada.

Verlos avanzar en sus aprendizajes fue hermoso, pero verlos construir comunidad fue transformador. Y al final del preescolar, lo que más me conmovía no eran los logros académicos, sino la forma en que hablaban unos de otros: con cariño, con respeto, con la confianza de quienes se sienten parte de algo.

La inclusión no requiere grandes inversiones ni metodologías complicadas; requiere constancia, sensibilidad y la convicción de que ningún niño debe caminar solo. Cuando se siembra desde pequeño, la inclusión no solo mejora el ambiente del aula: permea en las familias, en la comunidad, en la forma en que los niños entenderán el mundo.

Si queremos una sociedad más justa, no basta con mencionarlo en discursos; debemos construirla desde el piso del salón. Y qué fortuna —y qué responsabilidad— que podamos comenzar desde ahí, enseñando que todos cabemos, todos importamos y todos tenemos un lugar.

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