Hablamos de la posibilidad de los hijos. Ah malaya hubiera tenido uno, me dijo. Me mostró las heridas y cicatrices en sus brazos, en sus piernas. Me mostró varias jeringas que extrajo de sus bolsillos.
Nadie sabe lo que es un malía, salvo que el que la sufre, acotó mientras su mirada se concentraba en el brinco de mis hijos quienes exploraban un dragón inflable encima de la plaza.
Era de noche y tuve que correr para detenerlo y abrazarlo. El Lalo, ese amigo de mi infancia, caminaba despreocupado, montado en su única nave, la de la libertad. ¿Qué onda, Carlos? Luego todo sería recordación y felicidad.
Nos fuimos al barrio, a la edad de los descubrimientos, los nombres que nos acompañaron. Nos hicimos una foto y nos abrazamos varias veces. Me regaló unas lucecitas para adornar el arbolito de navidad, yo le correspondí con algunas monedas, quizá la cercanía para la próxima dosis.
Me contó también los lugares que visitaba, las noches de ensueño mientras se quedaba a dormir donde cayera, o el viaje en el camión urbano, contemplando la periferia y las luces de los carros. Nunca me la aventé, gracias a Dios, a pesar de siempre andar en el vuelo, nunca me metí a un cantón a robar. Lo dijo como uno de sus mayores logros en su vida.
Ya me voy, güey, se me va a pasar el camión, le diré al Cayo que no me dejabas ir. El Cayo su carnal, a quien le caía de tiro por viaje.
Agarró vuelo y yo me trepé en el recuerdo, luego lo vi en su bici rodada dieciséis, esa que hacía pedazos, que levantaba como potro desbocado, por los aires, en el viento, así, descalzo, con sólo un shorts como vestimenta y una camiseta tirahuesos.
Tenía el pelo lacio y una mirada tierna y generosa, la sonrisa de la nostalgia. Íbamos y veníamos por la vida, a veces en el taste, jugando futbol, a veces en los callejones ya peinados con gel y un tramo de mezclilla, a veces en el centro buscando carros qué lavar. A cambio de monedas.
Una vez lo visité en la cárcel, estuvimos un par de horas, junto a la raza, y él con la prudencia del silencio. Una que otra oración, el recuerdo de nuevo, las preguntas por los compas, la familia.
De morrito nos confesó que estudiaría química, nunca imaginamos que lo cumpliría, y que a los años prepararía de manera perfecta esas dosis para suministrarse y agarrar el mejor de los aviones. Otros compas soñaban con ser artistas, o jugadores de futbol profesional. Lo que la realidad nos daba era salir al talón para resolver los días. Comer a veces.
Los años son el bumerang inevitable. Los nombres que nos acompañaron durante la infancia andan siempre rondándonos, y de pronto, vuelven. Como el Lalo, a quien hace unos días lo llevé a la cárcel dentro de uno de mis libros, les compartí a los presos la historia de destreza de mi carnalito, les leí la anécdota de la vez aquella en la que el Lalo suspendió una jugada porque nos vio adentro de la farmacia, a mi hijo el Manu y a mí.
Afuera de la farmacia nos abrazamos y nos reímos. Siempre la felicidad por encontrarnos.
Salí de la cárcel, luego de compartir las aventuras del Lalo. Unas horas después la Panchita su hermana me escribió para informarme que el Lalo había fallecido. Luego me enteraría que se trepó del sueño debajo de un árbol, en el universo de nuestro barrio: el Jito.
Debería ponerme triste su partida, pero mentiría si asumiera el papel del dolor. Por el Lalo estoy más que feliz, porque hizo lo que quiso, porque fue y vino, porque nunca de su mirada se desprendió la ternura. El cuerpo y la mente, su única pertenencia.



