El banquero anarquista

5 de noviembre de 2025

Hay un pequeño libro de Fernando Pessoa que, desde hace algunos años, no he podido sacar de mi mente. Es un texto de apenas 65 páginas, una extensión breve, pero con una complejidad suficiente para considerarlo un gran libro, lo que resulta doblemente impresionante. Se trata de una conversación entre dos amigos, en la que uno de ellos, siendo banquero, se autodenomina anarquista, lo que da origen a una duda fundamental: ¿cómo puede un banquero, cuya vida gira en torno al dinero, autodenominarse anarquista?

A lo largo del diálogo, el banquero anarquista expone la lógica que lo lleva a sostener que ser banquero no contradice ser anarquista, y nos invita a reflexionar sobre las convenciones sociales, el instinto de rebelión que impulsa a abolirlas y la fuerza de la naturaleza en la formación de las instituciones humanas.

Una de las primeras sorpresas que tuve al leer este libro fue encontrar una duda que me había acompañado durante algún tiempo. Fue como abrir un cofre del tesoro, no para hallar oro, sino algo más valioso que ignoraba estar buscando. Uno de los argumentos clave del texto es que los intentos de organización de los anarquistas terminaban, inevitablemente, reproduciendo las mismas estructuras institucionales contra las que luchaban: una opinión que se impone sobre otra, una persona que adquiere más jerarquía que el resto, y, al final, un sistema que ellos mismos calificaban de tiránico, alejado del ideal de libertad anarquista.

Mi duda que acompañó el libro recae en que, si los mexicanos comenzáramos desde cero la construcción institucional del país, con pleno conocimiento de nuestra historia, ¿repetiríamos los mismos errores o lograríamos salir avantes en nuestro intento de reconformación social?

Un momento decisivo del libro es la conversación entre los anarquistas en la que el banquero afirma que un régimen anarquista es inviable dentro de un contexto comunitario: para alcanzar una sociedad verdaderamente libre, cada individuo tendría que actuar por separado, evitando así caer en una nueva forma de tiranía. Esta idea, naturalmente, no fue bien recibida por sus compañeros, pero en ella se percibe la noción de Pessoa de que la naturaleza humana nos conduce, inevitablemente, hacia ciertos caminos sociales.

Al separarse de ellos, el banquero decide enfrentar las convenciones desde la individualidad y se pregunta cuál de ellas es la más poderosa de su época: el dinero. “¿Cómo subyugar al dinero, o, en palabras más precisas, a su fuerza o tiranía? Volviéndome libre de su influencia”, declara el banquero anarquista.

Explora entonces dos caminos: apartarse de la civilización —convertirse en ermitaño— o adquirir suficiente dinero para no sentir su dominio. Concluye que quien evade el combate no es derrotado físicamente, pero sí moralmente; por lo tanto, opta por la segunda vía. Es ahí donde su lógica se revela con claridad tras una exposición deliberadamente confusa: un banquero anarquista, en efecto, es posible.

Es posible porque, en ocasiones, hay personas que se adentran en aquello que más las indigna, con enojo, desesperación o incluso odio. Un burócrata contra el propio sistema de gobierno; un padre en contra de las convenciones de la paternidad; un abogado enfrentado a la injusticia del sistema judicial; un médico rebelado contra los abusos del sistema de salud o de la industria farmacéutica. Así, un cúmulo de individuos decide que la mejor forma de transformar una injusticia es penetrar el sistema mismo para intentar cambiarlo desde dentro.

La respuesta a mi propia pregunta —si es posible una reconformación social en México— la he ido encontrando al tropezarme, de vez en cuando, con algún que otro banquero anarquista.

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