Todos los años estamos a la expectativa de quiénes serán los premiados con los Nobel, el galardón internacional más prestigioso en términos de reconocimiento mediático e histórico. Como en los últimos años, ha existido un gran debate en torno al anuncio de las y los ganadores. En algunos casos predomina el consenso público, y en otros, el rechazo polarizado.
Haciendo un recuento de los premios de este año, comenzando por uno de los que generó mayor acuerdo —el de Literatura—, el escritor húngaro László Krasznahorkai fue distinguido con el Nobel. Es difícil encontrar, dentro de un premio de carácter artístico, opositores públicos de peso; quizá por el temor a parecer mezquinos o recelosos ante sus colegas. Por ello, no se registraron grandes críticas al galardón. Por otro lado, sí se dio una confrontación con Viktor Orbán, primer ministro de Hungría, quien felicitó al escritor; este respondió expresando su descontento con las posturas y políticas del mandatario, situación que no fue bien vista por algunos medios locales.
Sus traducciones al español han sido publicadas por Acantilado, una editorial catalana —hay que decirlo, un tanto desproporcionada en sus precios—, que seguramente podrá cosechar los frutos de su apuesta por traducir al nuevo Nobel.
El Nobel de Economía generó mayor discusión que el de Literatura. Fue otorgado a Joel Mokyr, Philippe Aghion y Peter Howitt por sus contribuciones a la explicación del crecimiento económico impulsado por la innovación y el progreso tecnológico. Las conversaciones giraron en torno a uno de los conceptos que los premiados retoman en sus trabajos, formulado por Joseph Schumpeter en 1942, en su obra Capitalismo, socialismo y democracia: la destrucción creativa. Este proceso describe cómo la innovación reemplaza métodos antiguos y reorganiza los mercados, creando nuevas industrias.
Schumpeter nunca recibió el Nobel y, por lo mismo, algunas críticas sostuvieron que existen suficientes economistas innovadores como para otorgar el premio a quienes desarrollaron un concepto ya muy explorado. Aun así, volvió a plantearse el debate sobre la naturaleza misma del galardón: que el Nobel de Economía no es realmente un Nobel, sino el Premio Sveriges Riksbank en Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel.
Por último —y quizá el más discutido— fue el Nobel de la Paz, otorgado a María Corina Machado, política venezolana conocida por ser una de las principales opositoras al chavismo y al gobierno de Nicolás Maduro. Fue galardonada por su “defensa de la democracia”. En un contexto en el que Donald Trump amagaba constantemente con ser candidato a dicho premio, el hecho de que una política alineada con los intereses de Estados Unidos en Latinoamérica lo haya recibido dice mucho sobre la concesión política detrás del fallo del Comité Noruego del Nobel, cuyos miembros son designados por el Parlamento noruego. Otorgar este galardón a figuras políticas siempre despierta suspicacias: la inmersión de los actores del poder en la lucha política es, por definición, un factor crítico en el merecimiento de este reconocimiento.
Como en cualquier premiación en la que intervienen jurados sujetos a múltiples sesgos y presiones, algunos no estarán satisfechos con el resultado. Lo que sí parece claro es que, en un mundo que cada vez colabora menos y donde los intereses nacionales prevalecen sobre los problemas globales, el hecho de que el premio más reconocido ceda ante quienes promueven visiones cerradas nos envía un mal mensaje: al final, la política parece imponerse a la razón. Un gran síntoma de nuestros tiempos.



